El camino hasta la cama

Caminó un rato, exactamente el tiempo que se tarda en fumar tres cigarrillos con calma. Cuando terminó el tercero, levantó la cabeza y echó un vistazo al mundo exterior, se dio cuenta entonces de que no sabía dónde estaba. Solo llevaba en la ciudad dos semanas, y durante sus paseos ya se había perdido unas cinco veces. Se acercó a una señora mayor que paseaba a su perro, excesivamente pequeño, para preguntarle en qué calle se encontraba.
– Perdone, ¿dónde estamos? -preguntó con un tono que rozaba lo formal.
– Pues estamos donde Dios quiere que estemos, hijo mío.
– Eh, claro, y Dios quiere que estemos en la calle…
– No lo sé, hijo mío, soy demasiado mayor para estas cosas ya, yo paseo a mi Gómez por esta calle y vuelvo, no necesito saber su nombre. Si bajas esas escaleras de metro puedes encontrar algún plano de la ciudad pegado en la pared. Hay muchos, muchísimos. Cuando mi hijo y yo vamos al parque cogemos el metro y siempre me fijo en la cantidad de carteles que hay pegados en la pared -la señora mayor, que vestía un abrigo que era lo último en ropa de invierno hace cuarenta años, suspiró. Hacía ya demasiado tiempo que nadie le llevaba al parque.
– Si ha leído los carteles, ¿seguro que no sabe en qué calle estamos?
– ¿Leer? Jovencito, nadie ha dicho nada de leer carteles -escondió con amargura el hecho de que no sabía hacerlo- Bueno, tengo que irme, que tengas suerte.
– Gracias, intentaré lo del metro.
Antes de bajar las escaleras del metro, paró a una chica bastante joven, ya que no soportaba la idea de meterse en aquella cueva, llena de gente y ruido.
– Perdona, ¿podrías gritarme desde abajo en qué calle estamos? -habló con ella de forma directa, sin darse cuenta de que estaba dando por supuesto que sabía que hablaba de los planos de metro. Le habló como si ella hubiese estado presente en la anterior conversación.
– ¿Hace falta que se lo grite desde abajo? Puedo decírselo estupendamente aquí mismo.
– Sí, claro, dígamelo, dígamelo.
– Calle Alfonso Pizarra, y ahora, lo siento, pero tengo prisa.
La verdad es que a Daniel no le servía para nada saber el nombre de la calle. No se sabía ni el nombre de la calle de su casa. Comenzó a andar, a ver si en algún momento se topaba con alguna fachada o alguna tienda que le resultara familiar.
Después de dos horas y de otros tres cigarrillos, encontró un banco que había visto muchas veces, cuando bajaba al estanco. Desde allí supo encontrar el camino hasta su casa. Cuando por fin llegó, buscó sus llaves, pero al no encontrarlas llamó al telefonillo.
– ¿Sí?
– Hola, soy yo.
Una vez dentro, subió las escaleras y entró en el piso. La puerta estaba abierta.
– ¿Qué tal en el psicólogo?
– De maravilla, como siempre.
– ¿Cómo de maravilla?
– Pues igual que siempre, ya te lo he dicho. Me ha hecho las mismas maravillosas preguntas. Pero esta vez creo que le han gustado más mis respuestas.
– Bueno –respondió, hoy había tenido un día agotador y no se veía capaz de aguantar una conversación que incluyera al psicólogo- Mira me faltan unas cosas para la cena, ¿puedes bajar a comprarlas tú?
– Por supuesto -se encontraba de muy buen humor.
En el supermercado, que estaba a dos manzanas de su casa, compró comida para parar un tren, ya que ese par de cosas que había escrito en la lista bastaban para llenar un carro de la compra hasta arriba. Cuando por fin terminó con la lista, se dirigió a la caja.
– Tome, aquí tiene.
– Lo siento, pero esto no es suficiente, son cuarenta y cinco, y aquí solo hay dos y medio.
– Bueno, bueno, así que estamos exigentes hoy.
– ¿Exigentes? ¿Está loco?
– Bueno, si las mira bien, son unas monedas muy relucientes, ¿sabe? Muy limpias.
– Pero no suman cuarenta y cinco.
– Lo sé, lo sé, no entiendo porqué discuto con usted.
– Yo tampoco.
– Es obvio. Usted ha tenido un mal día.
– Eso puede ser, pero sigue siendo insuficiente y… para nada obvio.
– Es igual, ya no quiero comprar nada.
Cuando volvió a casa le explicó a Clara que habían cerrado el supermercado justo antes de que llegara. No tenía ganas de cenar, y se durmió con la ropa puesta al tirarse, agotado, sobre la cama.

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7 respuestas a El camino hasta la cama

  1. etarrago dijo:

    Llevo un rato intentando captar los varios mensajes que lanza tu contenido y … creo que a mi me pasa lo mismo. Ánimo.

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  2. ESTE HOMBRE COMO OTROS PADECE UNA FALTA DE MEMORIA PELIGROSA, DIRIA YO QUE ES LA BIPOLARIDAD LA QUE LE HACE ESTAR EN CADA MOMENTO EN DISTINTO LUGAR SIN APENAS HABERSE MOVIDO, ES MI OPINION AUNQUE PSICOLOGICAMENTE NO SEPA EXPRESARLO. UN SALUDO

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  3. Zuri Aguirre dijo:

    Hola!!!! te he nominado al premio Wonferdul Award porque me gusta tu blog!!! si deseas saber más al respecto:
    http://corriendoenlaniebla.wordpress.com/2014/09/25/7-cosas-sobre-mi/
    Felicidades, un abrazo.

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    • Umagah dijo:

      Muchas gracias! Leyendo tu entrada me he dado cuenta de la cantidad de premios que hay, mucha más variedad de la que pensaba.
      Seguro que te encantó El Padrino, no es cine italiano, sino estadounidense, pero creo que estoy en lo cierto cuando digo que tiene una brisa que huele a Italia. A mí me encantó.
      Un saludo!

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