El cuarto de luz amarilla

Eran ya las once, tenía ante si dos opciones bastante sencillas. Dudó un poco, pero después de unos clicks siguió mirando la serie en internet que le tenía algo enganchado. Ya estudiaría Biología mañana, de todos modos, había atendido en clase, eso contaba como bastantes días de estudio.
Sus razonamientos eran tan aplastantes que dejó rápidamente el tema, concentrándose en la pantalla. Hoy había tocado bastante el piano de nuevo. Cada vez lo hacía más, e incluso improvisaba fácilmente en la y mi menor. Los demás tonos ya llegarían mañana, o lo largo de la semana, porque la verdad es que ni había intentado palparlos un poco. Es decir, ya había tocado algún que otro blues en otras notas, pero vagamente. Entonces no era ahora. Debussy, Chopin, Bach… Incluso escuchaba con atención la música clásica que su padre ponía para el desayuno todas las mañanas. Un hombre sabio, su padre. Tuvo claro desde muy pronto que lo suyo era ser músico. Pero el chico lo único que tenía claro era que no tenía nada claro. Lo mejor era que su padre por el camino hacia la música profesional se dio cuenta de que le encantaba la filosofía, la cultura y los pensadores de la Antigua Grecia (la verdad es que últimamente rozaba la obsesión enferma con el tema, aunque parece que por fin había decidido tomarse un descanso), y muchas cosas más. El chico solía escucharle con bastante interés cuando este hablaba, siempre que la ardua convivencia con alguien de quien había sacado bastantes rasgos de su personalidad se lo permitía. El chico sacaba de quicio a su padre en bastantes ocasiones por hacer el tonto en exceso. Su mejor público para lo último era su hermana. Cómo adoraba que se riera tan fácilmente con cada una de sus estúpidas palabras. Se sentía demasiado mal cuando después no correspondía esta forma de hacerle feliz, lanzándole palabras afiladas como cuchillos en los momentos en los que no se daba cuenta, cegado por su ira u otras cosas más superficiales, del daño que causaba. Ella le perdonaba una y otra vez, soportando a una persona que no consigue controlar sus altibajos.
Acabó el capítulo de su serie, o mejor dicho su padre lo terminó, corriendo el telón un poco antes de lo previsto apretando el botón de apagado del wifi.
En el cuarto entró su madre, que solo quería avisarle de que ya era tarde y recordarle que se tenía que lavar los dientes. Su madre. Qué mal le pagaba sus dulces advertencias, sus consejos, su ayuda. Ella era una de esas personas que se preocupan más por las personas a las que quieren que por ella misma. Por recibir esto desde que nació, el chico pensó durante muchos años que esto era lo normal, hasta que tuvo la edad suficiente como para fijarse en el mundo, y darse cuenta de su madre relucía de oro puro.
Antes de dormirse, pensó en todo ello, en todo lo que debía cambiar. Dios, este chico sabía lo que era un hogar.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Pensamientos Sueltos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s