Mañana de trabajo

Menos mal que he dormido bastante ,pensó.
Hoy tenía que volver al psicológo. Iba los martes y los jueves, de seis a siete y media de la tarde. Pero de lunes a viernes tenía ir a trabajar hasta las cinco, de modo que apuró el café y se puso los zapatos. Se disponía a salir cuando Clara le paró en seco.
– Mi amor, no solo no te has puesto calcetines, sino que te has puesto el zapato derecho en el pie izquierdo y viceversa, no puedes ir así al trabajo.
– Tienes muchísima razón -dijo mientras se ponía los zapatos correctamente- Pero hoy voy a prescindir de los calcetines, día de descanso, ya sabes.
Le dio un beso corto de despedida, cargado de cariño, y se marchó.
Eran las ocho menos cuarto, así que tenía tiempo. Andó tranquilamente hacia la biblioteca fumando un cigarrillo. Dentro, como es comprensible, no se podía fumar. “No quiero incendios por tonterías como esa en mi biblioteca, sería como tirar un tesoro de monedas de oro al mar por estar jugando a tirarlas al aire en el barco” le decía Alberto, el dueño de la biblioteca. Siempre decía lo mismo, pero cambiando la comparación. Era divertido para Daniel escuchar cómo explicaba una nueva historia didáctica que le aclarara el gran valor que tenían para él los libros. Se encontró con Alberto en la puerta.
-Apágalo, ya sabes que sería algo tan absurdo como jugar a la petanca con figuritas de cristal de esas de coleccionista -le dijo sin apartar la vista de la cerradura que estaba tratando de abrir con una llave más grande que su mano.
– Sí, sí, lo sé -le respondió sonriendo mientras pisaba su cigarrillo.
Entraron y encendieron las luces.
– Hoy no hay mucho que hacer, solo ordenar una estantería de la que me quiero ocupar yo, así que escoge un buen libro y pasa el rato, atendiendo a los que entren.
– A la orden.
Anduvo un rato entre las estanterías repletas, buscando con la mirada algo que le apeteciera leer esa mañana. Tenía ganas de leer algún ensayo absurdo del siglo XVII o XVIII. Sacó un libro en el que el nombre del autor se había borrado de la solapa desgastada y amarillenta. Quién sabe de qué color era hace cien años. El ensayo explicaba cómo el conocimiento, la personalidad y gestos de las mujeres venían de un saber común. Algo así como que las mujeres estaban conectadas entre sí, y pensaba todas igual. Pensaban como la mujer, que era la esencia común a todas ellas. Simplemente absurdo. El autor había hecho una copia barata y machista de la Teoría de las Ideas de Platón. Dejó el libro en la estantería al oír la campanilla que sonaba cuando alguien abría la puerta, y se dirigió al mostrador. Allí se encontró con Elisa, una mujer encantadora, de gafas redondas y pelo rubio y rizado, que rondaba la treintena.
– Buenos días, Elisa, ¿qué buscas hoy?
– La verdad es que no lo sé. Pero espera, lo primero es lo primero -respondió dejando dos libros encima del mostrador- Ya era hora de que te devolviese estos dos.
– No pasa nada, no nos corre ninguna prisa. Lee los libros que cojas con calma.
– Ya lo hago, tranquilo. En fin, me gustaría que me recomendases un libro.
A Daniel le rondó por la cabeza el ensayo que acababa de leer, sería una broma muy mezquina recomendarle ese. Se lo pensó mejor.
– Seguro que te encanta El viejo y el mar de Hemingway. Es precioso.
– Suena bien, creo que ya me lo habías recomendado antes.
– Puede ser.
Diez minutos más tarde, observó como Elisa salía muy contenta de la biblioteca con el libro bajo el brazo.
Se puso sus gafas de nuevo y comenzó a buscar otro libro, pero un brusco frenazo de coche le sobresaltó.
Salió a la calle, donde se encontró con Elisa, que estaba apoyada contra la pared, muy alterada. Enfrente suya había un coche negro empotrado contra un árbol.
– Yo… No miré bien… Sonó el claxon… Es mi culpa… -se echó a llorar.
Daniel se acercó al coche destrozado. En el asiento del conductor había un anciano que, seguramente, estaba muerto.
Entró rápidamente en la biblioteca. Pero una vez dentro se olvidó que había entrado para llamar a una ambulancia. Volvió a salir. Recordó. Entró corriendo. Pero ya no hacía falta, ya que Alberto ya estaba marcando el número de urgencias.
– ¡Ayuda a quien puedas mientras viene la ambulancia! -le gritó haciendo exagerados gestos con su brazos, muy nervioso.
En ese momento, Daniel se desmayó.

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9 respuestas a Mañana de trabajo

  1. altiradoart dijo:

    Amigo autor de ‘Un Día de Trabajo’ mi comentario es una sugerencia. dice “Entraron dentro…” (?) no se puede entrar fuera. Y luego dice “Salió afuera…” (?) no se puede salir adentro. Por favor no se ofenda, sólo es un comentario gramatical desde mi punto de vista.

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    • Umagah dijo:

      Muchas gracias, ya está corregido, no me había dado cuenta. Por favor, no me trates de usted. No me ofendo en absoluto, sería muy tonto enfadarme con alguien porque me ha señalado un error que debo corregir!
      Un saludo

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  2. Me gusta muchísimo, la obra en total, los rasgos de las personas, acciones, costumbres. Para mi, el personaje es merecido para un libro. Mi enhorabuena, un saludo.

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  3. Laura dijo:

    El ensayo que leyó Daniel tiene que ser el de Antolín S. Paparrigópulos.
    Como te dijo Javier, la diferencia entre escribir correctamente y escribir bien es muy sutil, pero solo los buenos textos enganchan. Estoy deseando leer la siguiente entrega.

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  4. Laura dijo:

    ¿Qué pasó después de esa mañana de trabajo? Quiero saber más de Daniel y de Clara y de Elisa…

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