El Anarquista Místico

Y ahí estaba yo, pasando la tarde repartiendo comida preparada a los pensionistas de las zona con mi bicicleta. El día siguiente tenía examen de matemáticas pero, ¿a quién iba a engañar? Me habría pasado la tarde perdiendo el tiempo si no hubiera tenido que trabajar. También hubiese tocado el piano, escuchado jazz, y… yo que sé. Ese día tocaba escuchar a Oscar Peterson y Miles Davis, el día anterior me había quedado con ganas de más. Además, tenía que escuchar el standard Whispering, ya que iba a tocarlo con Steve.
Los comienzos de nuestro jazz. Supongo que se empieza dando pequeños pasos. Pero escucha, ¡que mal tocaba el piano! Hace un tiempo creía que tocaba más o menos bien, pero mejoré lo suficiente como para darme cuenta de lo asquerosamente mal que acariciaba las teclas.
Me desmonté de la bici y llamé al timbre, releí, después de llamar, la dirección para asegurarme. Número 35, calle veintiocho, Sebastopol. Sonreí, Sally me había escrito las direcciones con una ironía que solo captábamos ella y yo. Tardaron un poco en contestar, y pensé en la cantidad de fórmulas que entraban en la prueba del día siguiente, las repasé mentalmente. Me gustaba las matemáticas, eran como un rompecabezas donde constantemente te daban reglas nuevas, con las que pasar de nivel. En ese momento se abrió la puerta y salí rápidamente de mi cabeza para concentrarme.
– Hola chico, ¿qué quieres?
– Buenos días, le traigo su comida.
– ¿Comida? No he llamado al telepizza ni nada por el estilo. Gracias.
– La comida de la residencia, que como ha decido seguir aquí se la envía a casa.
– ¿La comida de la… ¡Ah, si! Pasa, pasa, no te quedes ahí parado -y acto seguido caminó lentamente hacia el salón, dejando la puerta abierta.
Le seguí cerrando la puerta, y deposité la bandeja de plástico encima de la mesa.
– Bueno chico -se paró y me vio allí en medio de pie- Siéntate, siéntate.
Lo hice.
– Supongo que esto no lo haces por amor al arte, ¿no?
– Esto… No, me pagan algo de dinero.
– Lo suponía -se recostó en su asiento, dando la sensación de que le encantaba el haber adivinado mi respuesta- Pero no pasa nada, eres joven. Yo cuando era joven también le daba importancia al dinero y esas cosas.
– ¿Y ahora no le da importancia?
– Pues verás, no mucho. Soy un anarquista, ¿sabes? Pero como muy bien dice quien yo me sé, que es un personaje de Unamuno, ¡ay, Unamuno -suspiró mirando al cielo- , no soy de los que ponen bombas.
– Eso ya me lo imaginaba -me reí con ganas. La idea de ese anciano amable detonando bombas era demasiado absurda.
– No te rías tanto, chico. Muchos defienden unas ideas que no encajan con el anarquismo, y las llaman por ese nombre, ensuciando las teorías que con mucho esmero crearon hombres muy sabios. ¿Cómo vas a colocar bombas, matando a gente, y luego decir que tu objetivo es que se pueda confiar en la bondad innata como forma moral y sistema político? ¡Están locos! Se podría decir que los que entendemos algo del asunto, los que leemos, nos podemos considerar anarquistas clásicos, a los que mi querido Unamuno llama anarquistas místicos. Eso somos. -mientras dijo esto me observó concienzudamente, y me revolví algo en mi asiento, aunque me interesaba lo que estaba diciendo- ¡Pero qué plasta es este tio!, pensarás. Te lo explicaré yendo al grano, a la esencia. A mí el dinero no me importa nada, es papel verde con el que se pueden comprar cosas que, a excepción de la comida, en el fondo no sirven de mucho. A mí me importa lo que simboliza el dinero. El tiempo. ¿Nunca lo habías pensado? El dinero simboliza el tiempo de las personas, chico. De los trabajadores. Malgastar tu tiempo con el dinero después de haberlo ganado con ese mismo tiempo es una ironía muy absurda que me veo obligado a ver todos los días, ¡todos!
– Pero el tiempo de unas personas vale más que otras.
– No eres nada tonto, chico, nada tonto. El tiempo es nuestra única posesión. Somos humanos, y mientras lo seamos eso será así, crea la gente lo que crea. Puede creer poseer un coche caro o un casoplón en Hawaii. No será suyo. Pero eso nos lleva a tu pregunta, y la respuesta es no. Rotundamente no. Tal vez consigas más papelitos empleando tu tiempo trabajando de una manera u otra. Pero en la esencia, que es lo que importa, la verdad, no.
– Lo siento mucho, pero ahora debo marcharme, tengo tres pedidos más que entregar y no quiero que pasen hambre -me dolía en el alma cortarle así, cuando más animado estaba.
– Claro, chico, claro. Te veré mañana, ¿no?

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9 respuestas a El Anarquista Místico

  1. Laura dijo:

    ¡Genial! Me ha encantado. Una pena que la conversación quedara a medias porque hay con personas que “perder el tiempo” es sólo ganarlo., y hay conversaciones imposibles de retomar. “¡Ay el tiempo! Ya todo se comprende”

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    • Umagah dijo:

      Cierto, perder el tiempo es muy facil y genial con ciertas personas. Me alegro de que te guste! Te he escrito una pequeña nota en tu libro de nuestro querido Dostoyevski… Ya la leeras cuando acabe, me queda muy poco. Y me esta fascinando, literalmente, ¡como puede ser este autor tan inteligente!

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  2. Por lo que llevo leído, te gustan los personajes fuera de lo común y los diálogos con trasfondo. Seguiré leyéndote.
    Un saludo.

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  3. marioejames dijo:

    Me encantó, tu cuento y el haberte descubierto

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