Maniático

El despertador sonó a las seis y treinta y cinco, como siempre, y no tuvo que sonar más de una vez para que la mano decidida de Jason lo apagara. Se levantó sin sueño, ya que había dormido ocho horas exactas, y abrió su armario. Dentro había tres trajes grises exactamente iguales colgados de la percha, un cajón con cinco corbatas idénticas, tres pares de zapatos negros de cuero, como no, iguales, siete camisas blancas con botones marrones y un cajón con ropa interior de color azul oscuro. De este armario de gran variedad sacó Jason unas prendas cualquiera, y se vistió de la misma forma que en los últimos cuarenta años.
Jason se preparó un café a las siete, después de arreglarse. Se lo tomó y estuvo listo para salir a la calle a las siete y nueve minutos, pero se quedó sentado un minuto sin hacer nada, ya que él siempre salía a la calle a las siete y diez, y le incomodaba mucho salirse de su horario cronometrado al segundo, aunque fuera por un minuto. Se dirigió entonces a su quiosco habitual para comprar el periódico, siguiendo su ritual diario.
– Buenos días, Jason. ¡Pensé que hoy no venías! -dijo con simpatía el vendedor.
– No lo entiendo, vengo todas las mañanas a la misma hora. ¿Por qué no iba a venir?
– Ay, Jason… A ti no te cambia nada, ¿eh? Ni el mismísimo diablo lo conseguiría. Toma, ya sabes el precio -añadió extendiéndole su periódico.
– Tome, dos euros y treinta y cinco céntimos justos.
– Claro, Jason, siempre me pagas así.
Jason no captó el tono del vendedor. La verdad es que se le daban bastante mal esas cosas. Siguió andando para llegar al banco donde leía el periódico hasta las ocho. Pero el banco estaba ocupado.
El horror y el espanto que sintió Jason son difíciles de describir. Simplemente se quedó petrificado, sin saber qué hacer, pero la anciana que ocupaba su banco solo estaba descansado un momento, y no pasaron ni diez segundos hasta que se levantó para seguir paseando a su perro, que por tamaño podría haber sido una cobaya.
Jason suspiró de alivio y se sentó abriendo el periódico. Leyó el periódico de principio a fin. Jason leía bastante rápido, y normalmente leía el periódico dos veces, pero esta vez no pudo, ya que una niña pequeña se le acercó.
– ¡Hola!
Jason se sobresaltó de tal manera que por poco no se cayó al suelo. Miró a la pequeña de arriba a abajo.
– Hola.
– Mi papá está discutiendo con un señor muy gordo.
– Eh… ¿Dónde está tu padre? -Jason miró a su reloj, no podía abandonar el banco, eran solo las siete y media y se vería obligado a vagar sin rumbo por el parque, cosa que no podía soportar.
– Al otro lado del parque. ¿Quieres jugar?
– Eh… No.
– Venga, ¡claro que quieres! -y tirando de su mano llevó a Jason al arenero, que estaba vacío, ya que era muy pronto.
Jason pensó que abandonar el banco sería horrible. Pero no lo fue. De hecho, se sintió muy cómodo sentado allí en el arenero, manchando su traje de arena.
– ¿Cómo te llamas?
– Jason.
– ¡Mi primo también se llama Jason! Yo me llamo Sofía.
Se hizo un pequeño silencio, que la niña aprovechó para coger dos coches de plástico del suelo.
– Toma, tú eres el coche azul, y yo el rojo, ¿ves?
Jugaron durante un buen rato, hasta que la niña dijo que tenía que volver con su papá. Jason la acompañó, ya que la niña no se acordaba de donde estaba su padre. Le buscaron por el parque, y lo encontraron preocupado y despeinado.
– ¡Sofía! -gritó aliviado al verlos.
– Mira, allí está tu papá -le dijo Jason, señalando a su padre, a Sofía, que como estaba muy distraída no había oído a su padre.
El padre de Sofía le agradeció casi demasiado que hubiese encontrado a su hija, y se marchó con ella, ya que al parecer tenía mucha prisa.
Jason miró su reloj, marcaba las ocho y veinte. Pero al ver la hora no pensó en su horario, y tiró el reloj al suelo y lo pisoteó. Jason no sabía lo que sentía. Comenzó a andar sin rumbo fijo, y acabó en el puente de la ciudad. Allí se apoyó en la barandilla con los brazos y reflexionó.
«No puedo volver a mi asqueroso horario, no puedo volver a una fría y robótica vida. Eso me escudaba del mundo. Me protegía de las emociones humanas que no puedo volver a sentir. No, no puedo. No después de lo de Lydia. No lo permitiré.»
Miró hacia el horizonte, donde el agua del canal reflejaba los rayos de un sol que comenzaba a rozar con sus rayos los edificios de la ciudad.
«Pero tampoco puedo volver a mi sistema de huir de las emociones. Joder, no puedo. Justo cuando empezaba a acostumbrarme al frío de mi interior, avivan mi fuego del sentimiento, del calor humano. No soy ni seré capaz de volver a echar un cubo de agua fría encima para apagarlo. Sería más fácil, mucho más fácil…»
Jason se puso de pie encima de la barandilla, mientras le temblaban las rodillas.
«Sería más fácil apagar una vida»

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2 respuestas a Maniático

  1. En elgaleonfracaso.wordpress.com nos sentimos muy identificados con tu blog y su contenido.
    Tus cuentos nos gustan mucho. ¿Te apetece seguirnos también?

    Me gusta

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