La barca

– No creo que debamos alejarnos mucho más -dijo Pablo, algo asustado.
– Tú tranquilo, mi padre sale todos los días, y a veces incluso vuelve al cabo de dos días.
– ¡Nos ha jodio! Pero si tu padre tiene un barco grande con redes larguísimas, mira lo que tenemos nosotros – y señaló su barca.
Era cierto, la barca que los dos chicos le habían comprado hacía una semana a un viejo pescador jubilado no pasaba su mejor momento. Era una pequeña barca de remos, hecha de madera, que había recibido demasiadas capas de brea y sal. Los dos chicos, de dieciséis y diecisiete años, estaban muy orgullosos de ella, ya que les hacía sentirse mayores. Hace dos días habían pescado a bajamar. La verdad es que uno no se hace rico pescando de ese modo, pero fue la primera vez que obtuvieron algo de dinero por algo que habían pescado ellos solos, sin estar acompañados de sus padres o sus tíos.
– Pero Pablo, ¿tú quieres empezar a pescar de verdad o no?
– Carlos, sabes que no vamos a pescar en nuestra vida de verdad con esta barca. Pescar de verdad es lo que hace tu padre, o mi abuelo. Con un barco de verdad, redes y varios marineros experimentaos. Nosotros tenemos esta barquita, una caña e hilos de pescar.
– Venga Pablo, ¡si solo nos vamos a alejar un poquitín más de lo normal! No seas gallina, que la marea está baja.
– Bueno, pero en cuanto empiece a subir volvemos, ¿eh?
– Claro que sí.
Cogieron los remos y comenzaron a remar. Habían salido temprano, pero el sol ya se reflejaba en las aguas. La mar les rodeaba, interminable se mirase hacia donde se mirase. Por mucho que alguien estuviera observando mapas y supiera que si seguía un tiempo en una dirección determinada alcanzaría la tierra, la sensación de que la mar es infinita no desaparece. En un pequeño bote esta sensación se multiplica, disparándose hasta llegar a niveles inimaginables.
– Vale, Carlos, aquí está bien, ya nos hemos alejado bastante.
Carlos dejó su remo.
– ¡Pues manos a la obra!
Estuvieron pescando toda la mañana. Cuando el sol alcanzó su punto más alto tenían bastantes peces. Los jóvenes no podían creer su suerte. Mientras remaban de vuelta silbaban y cantaban alegres, imaginando el dinero que conseguirían con sus peces. Ellos, ¡verdaderos pescadores! Quien lo iba a creer.
Metidos estaban de lleno en estas ensoñaciones cuando el barco, sin que ninguno de los remos le guiara en esa dirección, comenzó a torcerse.
– Pablo, estás remando mal.
– ¡Pero si eres tú el que se tuerce!
– ¡Pedazo de inútil!
Ambos chicos se estaban poniendo nerviosos, sabían que era cosa del mar el que se estuvieran desviando de su destino, y eso no indicaba nada bueno.
– Nos estamos acercando a los arrecifes…
– ¡Joder! -Pablo estaba ya al borde del infarto.
Los chicos remaron con fuerza, intentando desesperadamente alejarse y escapar de la fuerte corriente de agua que les conducía hacia un destino incierto. Maldicieron, sudaron, aguantaron y gritaron, mientras sentían que la muerte les observaba, todavía dudosa acerca de si tendría que ir a buscarlos o no al fondo de las aguas.

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2 respuestas a La barca

  1. pedromagro78 dijo:

    Me gusta tu blog, me gusta lo que escribes, enhorabuena!

    También te invito a que te pases por mi blog https://eltiburonamarillo.wordpress.com/

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    • Umagah dijo:

      Me pasare encantado. Leete mis cuentos, de los que estoy bastante mas orgulloso. Echale un vistazo a mi respuesta a un comentario parecido al tuyo para saber mi opinión del poema.
      Un saludo

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