Dependecia

Los dos amigos llevaban viviendo dos años en ese pequeño piso de Madrid, que les alquilaba un viejo al que se le olvidaba que los dos chicos tenían que pagarle el alquiler. Por supuesto, ellos se lo recordaban mensualmente, sacando el dinero de donde podían para pagar ese piso en la tercera planta del bloque 34 en la calle Maravillas, donde se habían acomodado. El edificio era antiguo, con escaleras de madera inclinadas de demasiadas pisadas. La madera de las escaleras, desgastada y usada, producía desde la misma puerta de entrada una sensación de comodidad que solo puede aportar lo imperfecto e irregular. Su piso era, después de subir los empinados escalones, bastante desordenado. Había papeles por todas partes, donde había garabateados algunos bocetos de historias, relatos, ensayos o artículos periodísticos. Los había encima de la alfombra, encima de los dos escritorios de madera y forma desigual (que tenían toda la pinta de venir del rastro) que exceptuando unas sillas, un sofá y una mesa sencilla en la cocina, eran los únicos muebles de la casa. En fin, por todas partes. El olor a té recién hecho ascendía hacia el techo, que necesitaba, al igual que las paredes, una urgente capa de pintura, ya que ya casi no se apreciaba su color blanco original, que tornaba hacia un color amarillento. Las luces del piso incrementaban esta sensación, ya que desprendían un color anaranjado que los jóvenes habían seleccionado a propósito. Las nuevas bombillas azules y blancas les desagradaban.
Mientras el piso se concentraba en realizar su agradable función de ser piso los jóvenes escribían, pero esto se vio interrumpido por tres golpes secos que golpearon la puerta.
– No puedo ir ahora, ¡sería un sacrilegio! -exclamó Félix, con una mirada que expresaba angustia.
– ¡Siempre igual! -suspiró- De acuerdo, pero solo porque puedo permitirme la pausa, si no irías tu, y me daría igual si estás súper inspirado en este momento -se levantó y abrió la puerta, cuyas bisagras pidieron a gritos aceite con un chirrido quejoso.
– Hola, Gabriel, vengo a deciros una cosa a Félix y a ti -era el viejo que les alquilaba el piso, Hugo, que venía de improvisto a mediados de mes.
– Todavía faltan catorce días para el siguiente pago, Hugo.
– No es eso, no es eso. Malditos seáis. ¿Es que no me invitas a pasar? Lo haré yo mismo entonces. ¿No me invitas a sentarme? No te ha dado tiempo, claro. Bueno, pues fuera con esas pérdidas de tiempo… Esos asquerosos modales. ¿Qué te quería decir? Ah, sí, ya sé, ya sé. ¿Pero qué demonios te pasa? Ahí de pie con la boca abierta… Cierra la puerta y escucha.
Gabriel estaba perplejo, nunca había visto a Hugo en tal estado de lucidez. ¿Cómo era posible? ¡Si incluso se atropellaba con sus propias palabras, de lo rápido que hablaba! Encogiéndose de hombros cerró la puerta y se sentó al lado del viejo, en el sofá verde.
– Chico, voy a ser breve, y necesito que me escuches con atención y no me interrumpas. ¿De acuerdo?
– De acuerdo
– ¡Basta de interrupciones! ¡Era una simple muletilla! Bueno, empiezo antes de que me enrolle demasiado con temas demasiado tontos. Os he dejado la casa a ti y a Félix, que… Espera un momento. ¡Félix! Ven aquí, que es importante -dijo haciendo grandes gestos con los brazos y las manos, indicando a este que se acercase.
Félix, que había estado escuchando con atención, no necesitó que se lo dijeran dos veces, y se sentó en una silla que se caía a pedazos, enfrente de ellos.
-¿Cómo que nos dejas la casa? -dijo Gabriel, que aprovechó esta pausa para preguntar.
– He dicho que no me interrumpas. Bien, aquí está escrita mi herencia, os dejo todo lo que tengo, que es este piso y cuatro chatarras que tengo en el asilo, que voy a tirar a la basura. Ay, espera un momento, ¡pero si ya lo he hecho! Je je je. Bueno, aquí está el papelucho, todo firmado, todo bien, todo solucionado -y sintiendo que su misión había terminado, se levantó- Lo siento chicos, pero ahora tengo que irme, tengo una cita inaplazable. Un baile… Bonita chica… Bailar hasta el fin… -esto último se oyó entrecortado, ya que se oyó a través de la puerta que el viejo cerró tras de sí.

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4 respuestas a Dependecia

  1. Wolfdux dijo:

    Un gran relato. Me ha encantado el piso donde viven Félix y Gabriel, la forma en que lo has descrito, igual que todo el bloque. Una maravilla de relato.

    Felicidades.

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  2. Hola Umagah, deseando un feliz y próspero 2015. Para empezar con buen pie, aquí te he nominado al premio Very Inspiring Blogger Award. Puedes ver la referencia en: http://wp.me/p3W5wP-ta
    ¡Enhorabuena!

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