Dependencia II

Después de lo ocurrido Félix y Gabriel permanecieron un rato en silencio. Gabriel comenzó a mover inconscientemente su pierna derecha, como en un tic nervioso. Constantemente lo hacía, era extraño, porque tampoco era el típico gesto, ya que Félix, aunque le conociera desde la infancia, no podría decir: “es lo que hace cuando piensa”. No, simplemente era un movimiento que realizaba a veces. Tal vez estaba ligado a algo más, o simplemente era una pequeña acción como todas las que ocurren en el mundo, y que pasan desapercibidas día a día. Pensando estaban los dos, cuando Félix rompió el hielo y con eso paró el movimiento de Gabriel.
– Bueno, tengo una idea de lo que acaba de pasar.
– Yo también, creo que es la misma que la tuya. Cuéntala, tú has hablado primero, al fin y al cabo -al decir esto, se acomodó en el sofá, inclinándose hacia atrás y mirándole con los ojos abiertos.
– Bien, ¿alguna vez has oído hablar de la lucidez que se da en algunos enfermos antes de morir?
– ¡Exacto! Caray… -sonrió- Prométeme que no sabes leer la mente.
– Te lo prometo -respondió devolviéndole la sonrisa- Pues ni más ni menos que eso. Ha sido un caso exagerado, eso sí, no creo que sea siempre tan excesivo.
– Hemos tenido suerte, me ha gustado hablar con él así. Y bueno, luego está lo de la casa. ¿Tú también crees que la casa en realidad no es suya del todo?
– La verdad es que no lo había pensado demasiado. Lee el papel, dudo que sea una herencia seria y sencillita, no sería propio de Hugo.
– Bueno, esto es algo así como su ultimátum -dijo levantándose y cogiendo el papel arrugado que estaba encima de la mesa de madera.
Concentrado y asintiendo a medida que leía, Gabriel huyó del mundo real durante unos instantes.
– ¿Y bien? -Félix le exigió regresar a la habitación tras unos instantes, ya que tenía curiosidad. No era ansioso y sabía tener paciencia, pero este tema le intrigaba en extremo.
– Toma, toma, no quiero reventarte el final y como siga hablando se me escapa -se rió mientras le alcanzaba el papel – Bueno, voy a bajar a comprarle el pan a Sara, ahora vuelvo.
Félix leyó:
Solo pienso y al pensar me doy cuenta de que existo, al existir solo sé que no sé nada, y vuelvo a pensar con pesar. Como vosotros, que existís y os preguntáis qué estaréis leyendo. Bueno, pues si no os habéis sentido como verdaderos hombres de vuestro tiempo, pero observados por una presencia de seres comprensivos y críticos, u os habéis sentido jueces comprensivos de hombres pasados, el experimento no habrá tenido éxito. Con ello, espero que esta carta os ayude, como a Raskolnikov le ayudó que Dostoyevski le hiciese comprender mediante Sonya que estaba equivocado, aunque no lo pareciese.
A usted, juez que vendrá a poner pegas a la herencia, le dedico una frase racional y vacía: Les dejo a Gabriel Fernández y a Félix Larquesa mi casa, en la calle Maravillas, bloque 34, tercera planta, y todo lo que hay dentro de ella. No quiero terminar con ese zurullo, por lo que citaré, esta vez sin esconderlo, a Spinoza:
“Cualquier cosa que sea contraria a la naturaleza lo es también a la razón, y cualquier cosa que sea contraria a la razón es absurda”.
Y con dos frases propias:
“Nadie muere hasta que cae en el olvido”
“El ser humano es estúpido, y solo los menos estúpidos se dan cuenta de ello”
Félix lanzó el papel sobre la mesa y miró a Gabriel, que habló casi atropelladamente.
– No se ha dejado nada, ha mencionado a Sócrates, Descartes, Dostoyevski, Spinoza, ¡si incluso ha citado parte del final de El tragaluz de Buero Vallejo! Perfecto -Gabriel seguía recostado en el sofá, se incorporó un poco y cogió algunas monedas que había encima de la mesa.
– Pero, ¿te has fijado en sus frases finales? Nunca habría imaginado que leyese tanto y que pudiese reflexionar de esa manera. Antes siempre nos hablaba de cosas que veía en la televisión.
– Yo creo que estaba decepcionado con el mundo teórico. Cansado de tantas ideas y que nadie que se atreviera a llevarlas a cabo -se dirigió hacia la puerta- ¿no te ha contado nunca que fue militante de un partido político?
– No. ¿De cuál? -Félix nunca se había interesado por Hugo, y estaba sorprendido de que fuese un hombre completamente desconocido a él.
– La verdad es que no lo sé, solo sé que le decepcionó que no consiguieran nada -abrió la puerta- Ahora vuelvo.
Félix no respondió, ni siquiera se dio la vuelta. Le bastó el sordo ruido de la puerta.

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2 respuestas a Dependencia II

  1. Laura dijo:

    Ver el poso que Salinger, Unamuno, Dovtoyevski, Buero Vallejo.. dejan en tus textos es un gusto. Sin duda, los engrandece. Me gustan estos personajes que has creado entre la ficción y la realidad. Los seguiré como a Daniel.

    Le gusta a 1 persona

    • Umagah dijo:

      Muchas gracias! lo de entre la ficcion y la realidad… sabes leer los pensamientos telepaticamente o que? en fin, ya comprenderas por que lo digo, porque hace mucho tiempoque tenia pensado el siguiente giro que va a dar la historia

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