Dependencia III

Cuando Félix se quedó solo, avanzó con pesados pasos hacia su escritorio, lo que hizo crujir la madera del suelo, ennegrecida tras el paso del tiempo y la acumulación de desesperanza e ilusiones rotas, junto con el polvo que las arrastraba y que nadie se preocupaba por barrer. Se disponía a sentarse y ya tenía agarrado el respaldo de su silla cuando llamaron a la puerta. Cuatro golpes secos. Extrañado, se dio la vuelta e interrumpió su ritual diario.
«Será Gabriel, que se ha olvidado alguna chorrada» pensó mientras avanzaba lentamente hacia la entrada, esquivando los sagrados pequeños montones desordenados de papeles que entre los dos habían acumulado a lo largo de los años, donde historias agonizaban sin comprender el porqué de su final inacabado.
Para cuando Félix alcanzó, tenía la absoluta certeza de que al otro lado no se encontraba Gabriel. Lo sintió en el aire, e incluso, de alguna forma, lo olió.
-¿Qué desea? -fue lo único que Félix pudo mascullar al abrir la puerta.
– Pero bueno, Félix. ¡Tú, tratándome de usted! Habráse visto tontería semejante. -contestó un hombre bajo, algo gordo y calvo, que iba vestido elegantemente con un traje que hubiera estado de moda si el encuentro se hubiese producido veinte años atrás. Llevaba un sombrero del mismo color que su traje, gris, que se quitó alegremente en forma de saludo cuando vio asomarse al escritor.
-Eh… ¿Le conozco? -preguntó con una sensación de que la respuesta era, a su vez, negativa y afirmativa.
– ¡Ya lo creo que si me conoces! Trátame de tú, no te lo voy a volver a repetir. No soporto que me traten de usted, es tan frío y tan… Además, no me tratabas de usted en tus cartas. -dijo con una sonrisa, como ofreciendo una pista clave para resolver un gran misterio.
La cara de Félix recobró el color que había perdido durante la mañana.
-¡Fermín! Dios, no sé cómo no he podido reconocerte a primera vista. Pasa, pasa.
Pasaron y Félix apartó apresuradamente un poco las cosas que había encima de una silla para poder sentarse.
– Toma asiento. Sí, ahí. -añadió indicandole una silla libre- La verdad es que se me había olvidado que ibas a venir, he tenido una mañana un poco más movida de lo normal. Una larga historia.
-Muy bien, pues aquí estoy. ¿Ahora qué?
-Ahora disfrutamos de este momento maravilloso. Lo he intentado tantas veces… Tantos intentos que no quiero ni pensarlo. Eres el primero que consigue llegar hasta aquí, ¿sabes?
-No me extraña, las indicaciones no eran muy precisas que digamos. -respondió inocentemente Fermín- He tenido que probar en el piso de enfrente antes de dar con el tuyo.
Félix abrió mucho los ojos.
-¿Me estás diciendo que el problema era mi dirección y no…? -no pudo terminar, ya que estalló en carcajadas, doblándose de la risa.
Mientras tanto, Fermín le observaba como quien observa a un extraterrestre, atónito, sin comprender qué es lo que era tan gracioso.
-Muy bueno. -dijo Félix al fin, respirando entrecortadamente- Muy bueno.
-Si has terminado de reírte, yo no he venido aquí a hacer el indio, y me gustaría saber porqué me has mandado esa carta en la que urgentemente me pedías que viniera.
-Muy bien, creo que ahora lo vas a ver todo más claro. -puso un tono de voz más serio- Fermín, no eres real. Al menos, no del todo.
Fermín podría haber estallado en carcajadas, pero los carácteres de este y de Félix eran muy distintos. La reacción de Fermín consistió en poner una cara de asombro, mezclada con una suave mezcla de preocupación.
-Pero, ¿qué dices?, ¿cómo? ¡Está loco! -balbuceó, perplejo.
-Sí, Fermín, no perteneces al mudo real, porque yo mismo te creé. Te contaré toda la historia. Sin anestesia, verás, soy escritor, y hace mucho tiempo me inundó la mente una idea. No podía comer, no podía dormir, ¡tenía que probarlo! ¿El qué? Conseguir que un personaje surcara el mundo de lo fantástico para llegar a nuestro mundo, el real, el gris. Siempre hacía lo mismo, narraba una historia en la que yo mismo mandaba cartas a un personaje. Al principio, cuando este no estaba lo suficientemente definido, respondía sus cartas por él, hasta que poco partes de las cartas se escribían solas. Las escribía mi personaje, en este caso, tú. Finalmente, para que mi personaje respondiese mis cartas solo tenía que dejar la mente en blanco y dejar fluir el bolígrafo sobre el papel, que escribía por si solo una contestación…
– Eso que dices… No puede ser. ¡Está tarado! ¡No puede ser otra cosa! -le interrumpió Fermín, que había escuchado todo este tiempo con la boca abierta- Loco de remate, debería ir a ver a un médico y…
-No me interrumpas, Fermín. Deja de decir estupideces. Sé que es difícil aceptarlo, he vivido lo suficiente en tus zapatos como para comprenderte, saber cómo piensas. Seguiré contándote, ¿por dónde iba? Ah, ya sé, ya sé. Muchas veces he tenido que volver a empezar todo el proceso, a partir de una historia nueva, porque un personaje se independizaba lo suficiente como para mudarse de casa, o dejar que por accidente le atropellase un coche por la calle, o cosas por el estilo. Contigo por fin he conseguido que cobres vida, pero que no seas lo suficientemente independiente de mí como para escaparte entre mis dedos por un mundo que yo mismo he creado. Y mírate, ¡estás aquí, enfrente de mí!
Fermín se hundió en la silla que ocupaba, boqueando en busca de aire. Félix, algo alarmado, se levantó repitiéndole una y otra vez que se encontraría mucho mejor en cuanto le trajera un vaso de agua. Cuando por fin le acercó uno el hombre lo apartó, murmurando de forma casi ininteligible algo parecido a ‘Whijkl‘, lo que Félix dedujo milagrosamente como whisky, que fue conseguido por el escritor de inmediato.
Unos minutos más tarde, y después de dos vasos de whisky acompañados por un cigarrillo, Fermín se empezó a recuperar, mientras Félix le observaba, fumando calladamente.

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3 respuestas a Dependencia III

  1. Laura dijo:

    ¿Ya no escribes historias? Has dejado un par de ellas inconclusas y es una pena…Me gustaban esas historias.

    Me gusta

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