Un rato en la nada

Quiero que intentes imaginar la nada, pues es allí donde nos encontramos, en ningún sitio. Si se te hace más fácil, piensa en el color negro (ya será algo, pero, ¿a quién le importa?). En el negro más absoluto.

 

Por la negrura caminaba nuestro hombre, en ninguna dirección. Sin embargo, en medio de todo ese lugar inexistente se le apareció, iluminada por una luz que parecía no provenir de ninguna parte, una cabeza flotante. No tenía rasgos definidos, ya que solo poseía una boca y unas orejas. El resto de la cabeza era plano, cubierto por una piel lisa y rosada.

― ¡Eh, tú! ―le dijo la cabeza al joven que caminaba― Acércate.

Su voz era profunda y potente, e inundó la nada como el agua llena un vaso.

― ¿Quién eres? ―le preguntó el joven mientras se aproximaba.

― No tengo nombre, y lo que soy ya lo puedes ver.

― El que no puede ver eres tú, y aun así me has llamado, sabiendo que estaba aquí. ―repuso con tono burlón.

―Te he oído venir.

― ¿Cómo es eso, si no piso nada que pueda hacer ruido?

En efecto, el joven se sostenía sobre la nada, que era lo único que había a excepción de los que mantenían la conversación.

― Si te gusta más puedo decirte que te he sentido. Llámalo como quieras, tu lógica pierde su sentido aquí.

― Claro, lo que tú digas. En fin, ¿para qué me has llamado?

― Te he oído (o sentido, como prefieras) buscándome y he decidido ayudarte a terminar con eso. Si fuera por ti, podríamos habernos tirado toda la eternidad aquí.

― ¿Buscándote? ¿Cómo iba a estar buscándote si acabo de enterarme de que existes?

― Nadie vaga por aquí sin la necesidad de encontrar algo. Y en tu caso, ese algo soy yo.

― Vaya, pues ahora que te he encontrado ya puedo irme, ¿no? ―echó un vistazo a su alrededor― ¿Dónde está la salida?

― No hay salida ni entrada. Y antes de que repliques, ya te lo he dicho, tu lógica no funciona aquí.

― La verdad es que mi lógica queda un poco confundida cuando hablo con una cabeza flotante ―se rió, y después se hizo el silencio― Si estás tan seguro de que te buscaba, sabrás también por qué lo hacía, supongo ―añadió finalmente.

― Supones mal. Existo por la misma razón por la que estás aquí, y eso solo lo puedes saber tú mismo.

El joven dio una vuelta alrededor de la cabeza, pensativo.

― ¿Acaso tenemos que jugar a preguntas y respuestas?

―  No tenemos que hacer nada. Al igual que nada te obliga a vivir, encontrar la respuesta a lo que buscas no es necesario. Sabes perfectamente que, si te quedases por siempre aquí, nadie te echaría en falta más que por un suspiro de tiempo.

― Ya, pero…

― Si estás pensando en tus aportaciones, o como quieras llamarlas, no hace falta que te diga lo irrelevantes e inútiles que son. ―El joven tragó saliva―  No te sientas insultado. Digo esto porque vienes de un mundo en el que por mucho que pensadores como Sócrates, Platón, Aristóteles, Voltaire, Montaigne, Kant o Tolstoi hayan dejado su huella, apesta a mediocridad, debilidad, sentimentalismo ridículo e ignorancia. A esto hay que añadir que la mayoría de lo que quieres transmitir al mundo ya ha sido transmitido. Pero repito, aunque no fuera así, seguiría siendo igual de inútil que todo lo anterior.

― Si fueran tan inútiles como dices, no conocería los nombres de esas personas a las que has nombrado ―dijo el joven, un poco pálido.

― ¡Oh, no niego que esa gente haya marcado el pensamiento humano! ¡No niego que las élites intelectuales de las distintas épocas se hayan deleitado redescubriendo lo que grandes hombres defendieron! Pero no es más que eso, la mayor parte de la humanidad no se ha preocupado más que por la comida, el sueño, la riqueza y el amor.

― ¿Y no es eso más que suficiente? Me parece ridículo lo asquerosamente elitistas que suenan tus palabras, declarando que solo son puros los que se han dedicado a reflexionar sobre la vida de forma teórica. ¿No entiendes que esos grandes hombres han tratado precisamente los temas que según tú solo preocupan a la mediocre gran parte de la población?

― Tal vez sea así, pero mientras ellos reflexionaron sobre su actitud ante el mundo, y sobre qué soluciones se podrían encontrar a los problemas a los que se enfrentaban, el resto no solían prestar atención a lo que les convertía en humanos. Engullían la comida sin saborearla. Dormían, pero no soñaban. Poseían grandes riquezas materiales sin entender por qué por mucho que acumularan estúpidos objetos no conseguían ser ricos. Y no sentían amor humano, sino simple atracción física relacionada con el instinto de reproducción.

― Hablas de ellos como si fueran animales.

― Esos seres humanos son peores que los animales. Actúan como tales, pero además sienten anhelos humanos como la codicia, la ambición y la envidia.

― No, son humanos con toda la imperfección que ello conlleva, es innegable que hay algo que les hace distinguirse de los animales, algo que…

En ese momento, la nada en la que se apoyaba el joven cedió, haciéndole caer hacia arriba. Mientras ascendía, la cabeza flotante le observaba, impasible, con la mirada fría de la razón. Llegó un momento en el que la luz que iluminaba la cabeza se perdió en la negrura. El joven continuó ascendiendo.

Escuchó su caída, ya que el aire de la nada era cortado por su cuerpo, que ascendía a gran velocidad, generando melodías casi perfectas. Por si no podéis imaginaros la escena, pensad en el sonido que se produce cuando movemos rápidamente una vara de madera en nuestro mundo, cortando el aire. Ahora trasladad eso a la nada donde nos encontramos, y asimilad las palabras de la cabeza, aquí vuestra lógica no os sirve para nada.

Las melodías, cuyas notas tomaban la forma de gotas, empaparon como una lluvia al joven, que finalmente terminó de caer.

― ¡Eh, tú! ―le susurró una voz de miel y terciopelo― Acércate.

El joven miró en todas las direcciones, pero no consiguió ver a nadie.

― ¿Dónde estás? ―preguntó a la nada.

― Estoy encima, debajo y al lado de ti.

― ¿Y por qué me pides, entonces, que me acerque?

― Empiezas a comprender que solo entenderás desafiando a tu entendimiento ―se hizo una pausa― Eso está bien, pero aun no entiendes nada.

― Solo entiendo que no te entiendo.

― Ni siquiera eso, eso solo lo intuyes, joven.

― ¿Quién eres?

― Yo no soy.

― ¿Eso es posible?

― ¿Por qué no iba a serlo?

― Esta conversación no va a ninguna parte ―dijo mientras miraba a su alrededor, sin encontrar nada.

No hubo respuesta.

― Me encantaría sacar algo en claro de todo esto ―añadió el joven con un hilo de voz.

― En la negrura solo se emborrona, se destruye y se duda, pero nunca se saca nada en claro.

― ¡Pero yo he venido aquí a eso! No tiene sentido que me sumerja para destruir y dudar sin conseguir ninguna conclusión.

― No he dicho que no se saquen conclusiones en la negra nada, solo digo que nunca son… claras. ―respondió con su melodiosa voz.

El joven recuperó el color y decidió alejarse de la negrura, fundiéndose en ella hasta desaparecer.

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4 respuestas a Un rato en la nada

  1. Laura dijo:

    Es esa última frase “el joven recuperó el color” como si el joven hubiera hecho un click y por fin comprendiera, y ¿quizá por eso decidió alejarse de la negrura a regiones más iluminadas? Lo ilógico es que se aleje y se funda en ella hasta desaparecer. Supongo que es difícil comprender la nada.
    Muy buen relato, por cierto.

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    • Umagah dijo:

      Sería horrible que explicase paso a paso la interpretación de mi propio texto. La mayoría la adoptaría como la versión más válida cuando es igual de cierta y verdadera que cualquier otra. El texto está ahí, y da igual quien lo haya escrito, ¿no?
      Y sí, es muy difícil comprender la nada. Se intenta y nunca se consigue. Si se consiguiera, ¡no sería la nada!

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  2. Wolfdux dijo:

    He conseguido sacar algo de tiempo y aquí estoy. Ahora no recuerdo el último relato tuyo pero este me ha gustado mucho. Los diálogos muy trabajados y con buen ritmo. Un placer leerte de nuevo. Un saludo.

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  3. Umagah dijo:

    Muchas gracias. Un saludo

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