La necesidad de la existencia de héroes

El mundo actual necesita la existencia de héroes, ya que en los últimos tiempos hay una gran escasez de ellos. Son indispensables para la sociedad, ya que sirven como ejemplo del saber hacer y del bien moral, de forma que sea más fácil sacrificarse para realizar buenas acciones. Los héroes son fuente de inspiración para la población, ya que sin ellos queda desamparada, sin saber qué hacer.

Surgen en estos momentos las dudas que solo surgen sin la existencia de los héroes. Preguntas como ¿por qué voy a ser bueno, si nadie lo es? Crecen y se expanden rápidos como la pólvora, y esto ocurre por el simple hecho de que solo un héroe es capaz de hacer el bien sin pedir nada a cambio, sin obtener ningún beneficio material. Solo un héroe es capaz de establecer una meta en su vida como lo es realizar el bien, intentar hacer felices a los demás siendo justo y amable con los suyos, con esta población perdida de la que he hablado, y firme con los que solo pudren a los demás con sus actos y sus venenosas lenguas, los que, al contrario que los héroes, se entregan al mal, al egoísmo puro y ciego.

Es necesario remarcar que los héroes escasean últimamente, y esto es un problema grave y serio. ¿Dónde están los héroes? Los héroes están en la calle, en las pequeñas editoriales y en los cines sin fondos. Los héroes de nuestro tiempo son los artistas. Y con esto no quiero decir que todo el que no escribe, ni pinta, ni canta no sea un héroe, ni que el que haga cualquiera de esas cosas lo sea. No, con artista me refiero a los que hablan con arte, piensan con arte y actúan con arte. A los que buscan lo bello en un mundo donde parece que eso ya no existe. Busque un poco, puede que tenga cerca a un héroe. Puede que sea usted un héroe. Manifiéstese, se lo pide el mundo, estamos perdidos si hemos convertido nuestro planeta en un lugar en el que los héroes ya no pueden manifestarse.

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Dependecia

Los dos amigos llevaban viviendo dos años en ese pequeño piso de Madrid, que les alquilaba un viejo al que se le olvidaba que los dos chicos tenían que pagarle el alquiler. Por supuesto, ellos se lo recordaban mensualmente, sacando el dinero de donde podían para pagar ese piso en la tercera planta del bloque 34 en la calle Maravillas, donde se habían acomodado. El edificio era antiguo, con escaleras de madera inclinadas de demasiadas pisadas. La madera de las escaleras, desgastada y usada, producía desde la misma puerta de entrada una sensación de comodidad que solo puede aportar lo imperfecto e irregular. Su piso era, después de subir los empinados escalones, bastante desordenado. Había papeles por todas partes, donde había garabateados algunos bocetos de historias, relatos, ensayos o artículos periodísticos. Los había encima de la alfombra, encima de los dos escritorios de madera y forma desigual (que tenían toda la pinta de venir del rastro) que exceptuando unas sillas, un sofá y una mesa sencilla en la cocina, eran los únicos muebles de la casa. En fin, por todas partes. El olor a té recién hecho ascendía hacia el techo, que necesitaba, al igual que las paredes, una urgente capa de pintura, ya que ya casi no se apreciaba su color blanco original, que tornaba hacia un color amarillento. Las luces del piso incrementaban esta sensación, ya que desprendían un color anaranjado que los jóvenes habían seleccionado a propósito. Las nuevas bombillas azules y blancas les desagradaban.
Mientras el piso se concentraba en realizar su agradable función de ser piso los jóvenes escribían, pero esto se vio interrumpido por tres golpes secos que golpearon la puerta.
– No puedo ir ahora, ¡sería un sacrilegio! -exclamó Félix, con una mirada que expresaba angustia.
– ¡Siempre igual! -suspiró- De acuerdo, pero solo porque puedo permitirme la pausa, si no irías tu, y me daría igual si estás súper inspirado en este momento -se levantó y abrió la puerta, cuyas bisagras pidieron a gritos aceite con un chirrido quejoso.
– Hola, Gabriel, vengo a deciros una cosa a Félix y a ti -era el viejo que les alquilaba el piso, Hugo, que venía de improvisto a mediados de mes.
– Todavía faltan catorce días para el siguiente pago, Hugo.
– No es eso, no es eso. Malditos seáis. ¿Es que no me invitas a pasar? Lo haré yo mismo entonces. ¿No me invitas a sentarme? No te ha dado tiempo, claro. Bueno, pues fuera con esas pérdidas de tiempo… Esos asquerosos modales. ¿Qué te quería decir? Ah, sí, ya sé, ya sé. ¿Pero qué demonios te pasa? Ahí de pie con la boca abierta… Cierra la puerta y escucha.
Gabriel estaba perplejo, nunca había visto a Hugo en tal estado de lucidez. ¿Cómo era posible? ¡Si incluso se atropellaba con sus propias palabras, de lo rápido que hablaba! Encogiéndose de hombros cerró la puerta y se sentó al lado del viejo, en el sofá verde.
– Chico, voy a ser breve, y necesito que me escuches con atención y no me interrumpas. ¿De acuerdo?
– De acuerdo
– ¡Basta de interrupciones! ¡Era una simple muletilla! Bueno, empiezo antes de que me enrolle demasiado con temas demasiado tontos. Os he dejado la casa a ti y a Félix, que… Espera un momento. ¡Félix! Ven aquí, que es importante -dijo haciendo grandes gestos con los brazos y las manos, indicando a este que se acercase.
Félix, que había estado escuchando con atención, no necesitó que se lo dijeran dos veces, y se sentó en una silla que se caía a pedazos, enfrente de ellos.
-¿Cómo que nos dejas la casa? -dijo Gabriel, que aprovechó esta pausa para preguntar.
– He dicho que no me interrumpas. Bien, aquí está escrita mi herencia, os dejo todo lo que tengo, que es este piso y cuatro chatarras que tengo en el asilo, que voy a tirar a la basura. Ay, espera un momento, ¡pero si ya lo he hecho! Je je je. Bueno, aquí está el papelucho, todo firmado, todo bien, todo solucionado -y sintiendo que su misión había terminado, se levantó- Lo siento chicos, pero ahora tengo que irme, tengo una cita inaplazable. Un baile… Bonita chica… Bailar hasta el fin… -esto último se oyó entrecortado, ya que se oyó a través de la puerta que el viejo cerró tras de sí.

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La barca

– No creo que debamos alejarnos mucho más -dijo Pablo, algo asustado.
– Tú tranquilo, mi padre sale todos los días, y a veces incluso vuelve al cabo de dos días.
– ¡Nos ha jodio! Pero si tu padre tiene un barco grande con redes larguísimas, mira lo que tenemos nosotros – y señaló su barca.
Era cierto, la barca que los dos chicos le habían comprado hacía una semana a un viejo pescador jubilado no pasaba su mejor momento. Era una pequeña barca de remos, hecha de madera, que había recibido demasiadas capas de brea y sal. Los dos chicos, de dieciséis y diecisiete años, estaban muy orgullosos de ella, ya que les hacía sentirse mayores. Hace dos días habían pescado a bajamar. La verdad es que uno no se hace rico pescando de ese modo, pero fue la primera vez que obtuvieron algo de dinero por algo que habían pescado ellos solos, sin estar acompañados de sus padres o sus tíos.
– Pero Pablo, ¿tú quieres empezar a pescar de verdad o no?
– Carlos, sabes que no vamos a pescar en nuestra vida de verdad con esta barca. Pescar de verdad es lo que hace tu padre, o mi abuelo. Con un barco de verdad, redes y varios marineros experimentaos. Nosotros tenemos esta barquita, una caña e hilos de pescar.
– Venga Pablo, ¡si solo nos vamos a alejar un poquitín más de lo normal! No seas gallina, que la marea está baja.
– Bueno, pero en cuanto empiece a subir volvemos, ¿eh?
– Claro que sí.
Cogieron los remos y comenzaron a remar. Habían salido temprano, pero el sol ya se reflejaba en las aguas. La mar les rodeaba, interminable se mirase hacia donde se mirase. Por mucho que alguien estuviera observando mapas y supiera que si seguía un tiempo en una dirección determinada alcanzaría la tierra, la sensación de que la mar es infinita no desaparece. En un pequeño bote esta sensación se multiplica, disparándose hasta llegar a niveles inimaginables.
– Vale, Carlos, aquí está bien, ya nos hemos alejado bastante.
Carlos dejó su remo.
– ¡Pues manos a la obra!
Estuvieron pescando toda la mañana. Cuando el sol alcanzó su punto más alto tenían bastantes peces. Los jóvenes no podían creer su suerte. Mientras remaban de vuelta silbaban y cantaban alegres, imaginando el dinero que conseguirían con sus peces. Ellos, ¡verdaderos pescadores! Quien lo iba a creer.
Metidos estaban de lleno en estas ensoñaciones cuando el barco, sin que ninguno de los remos le guiara en esa dirección, comenzó a torcerse.
– Pablo, estás remando mal.
– ¡Pero si eres tú el que se tuerce!
– ¡Pedazo de inútil!
Ambos chicos se estaban poniendo nerviosos, sabían que era cosa del mar el que se estuvieran desviando de su destino, y eso no indicaba nada bueno.
– Nos estamos acercando a los arrecifes…
– ¡Joder! -Pablo estaba ya al borde del infarto.
Los chicos remaron con fuerza, intentando desesperadamente alejarse y escapar de la fuerte corriente de agua que les conducía hacia un destino incierto. Maldicieron, sudaron, aguantaron y gritaron, mientras sentían que la muerte les observaba, todavía dudosa acerca de si tendría que ir a buscarlos o no al fondo de las aguas.

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El escritor

Se sentó el escritor cogiendo
papeles para crear.
Frunció el ceño,
insistió e insistió.
Mas nada de su agrado,
su pluma escupió.

Mató personajes que acababan de nacer
destruyó universos, observándolos caer
¡Caían universos en forma de papel!

Arrugada y despreciada
la obra miró a su dueño.
Un poderoso creador
cuyo ingenio sufría de sueño,
gracias a la fama
que le fue dada por gente sin criterio
y sin nada.

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Maniático

El despertador sonó a las seis y treinta y cinco, como siempre, y no tuvo que sonar más de una vez para que la mano decidida de Jason lo apagara. Se levantó sin sueño, ya que había dormido ocho horas exactas, y abrió su armario. Dentro había tres trajes grises exactamente iguales colgados de la percha, un cajón con cinco corbatas idénticas, tres pares de zapatos negros de cuero, como no, iguales, siete camisas blancas con botones marrones y un cajón con ropa interior de color azul oscuro. De este armario de gran variedad sacó Jason unas prendas cualquiera, y se vistió de la misma forma que en los últimos cuarenta años.
Jason se preparó un café a las siete, después de arreglarse. Se lo tomó y estuvo listo para salir a la calle a las siete y nueve minutos, pero se quedó sentado un minuto sin hacer nada, ya que él siempre salía a la calle a las siete y diez, y le incomodaba mucho salirse de su horario cronometrado al segundo, aunque fuera por un minuto. Se dirigió entonces a su quiosco habitual para comprar el periódico, siguiendo su ritual diario.
– Buenos días, Jason. ¡Pensé que hoy no venías! -dijo con simpatía el vendedor.
– No lo entiendo, vengo todas las mañanas a la misma hora. ¿Por qué no iba a venir?
– Ay, Jason… A ti no te cambia nada, ¿eh? Ni el mismísimo diablo lo conseguiría. Toma, ya sabes el precio -añadió extendiéndole su periódico.
– Tome, dos euros y treinta y cinco céntimos justos.
– Claro, Jason, siempre me pagas así.
Jason no captó el tono del vendedor. La verdad es que se le daban bastante mal esas cosas. Siguió andando para llegar al banco donde leía el periódico hasta las ocho. Pero el banco estaba ocupado.
El horror y el espanto que sintió Jason son difíciles de describir. Simplemente se quedó petrificado, sin saber qué hacer, pero la anciana que ocupaba su banco solo estaba descansado un momento, y no pasaron ni diez segundos hasta que se levantó para seguir paseando a su perro, que por tamaño podría haber sido una cobaya.
Jason suspiró de alivio y se sentó abriendo el periódico. Leyó el periódico de principio a fin. Jason leía bastante rápido, y normalmente leía el periódico dos veces, pero esta vez no pudo, ya que una niña pequeña se le acercó.
– ¡Hola!
Jason se sobresaltó de tal manera que por poco no se cayó al suelo. Miró a la pequeña de arriba a abajo.
– Hola.
– Mi papá está discutiendo con un señor muy gordo.
– Eh… ¿Dónde está tu padre? -Jason miró a su reloj, no podía abandonar el banco, eran solo las siete y media y se vería obligado a vagar sin rumbo por el parque, cosa que no podía soportar.
– Al otro lado del parque. ¿Quieres jugar?
– Eh… No.
– Venga, ¡claro que quieres! -y tirando de su mano llevó a Jason al arenero, que estaba vacío, ya que era muy pronto.
Jason pensó que abandonar el banco sería horrible. Pero no lo fue. De hecho, se sintió muy cómodo sentado allí en el arenero, manchando su traje de arena.
– ¿Cómo te llamas?
– Jason.
– ¡Mi primo también se llama Jason! Yo me llamo Sofía.
Se hizo un pequeño silencio, que la niña aprovechó para coger dos coches de plástico del suelo.
– Toma, tú eres el coche azul, y yo el rojo, ¿ves?
Jugaron durante un buen rato, hasta que la niña dijo que tenía que volver con su papá. Jason la acompañó, ya que la niña no se acordaba de donde estaba su padre. Le buscaron por el parque, y lo encontraron preocupado y despeinado.
– ¡Sofía! -gritó aliviado al verlos.
– Mira, allí está tu papá -le dijo Jason, señalando a su padre, a Sofía, que como estaba muy distraída no había oído a su padre.
El padre de Sofía le agradeció casi demasiado que hubiese encontrado a su hija, y se marchó con ella, ya que al parecer tenía mucha prisa.
Jason miró su reloj, marcaba las ocho y veinte. Pero al ver la hora no pensó en su horario, y tiró el reloj al suelo y lo pisoteó. Jason no sabía lo que sentía. Comenzó a andar sin rumbo fijo, y acabó en el puente de la ciudad. Allí se apoyó en la barandilla con los brazos y reflexionó.
«No puedo volver a mi asqueroso horario, no puedo volver a una fría y robótica vida. Eso me escudaba del mundo. Me protegía de las emociones humanas que no puedo volver a sentir. No, no puedo. No después de lo de Lydia. No lo permitiré.»
Miró hacia el horizonte, donde el agua del canal reflejaba los rayos de un sol que comenzaba a rozar con sus rayos los edificios de la ciudad.
«Pero tampoco puedo volver a mi sistema de huir de las emociones. Joder, no puedo. Justo cuando empezaba a acostumbrarme al frío de mi interior, avivan mi fuego del sentimiento, del calor humano. No soy ni seré capaz de volver a echar un cubo de agua fría encima para apagarlo. Sería más fácil, mucho más fácil…»
Jason se puso de pie encima de la barandilla, mientras le temblaban las rodillas.
«Sería más fácil apagar una vida»

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El Anarquista Místico

Y ahí estaba yo, pasando la tarde repartiendo comida preparada a los pensionistas de las zona con mi bicicleta. El día siguiente tenía examen de matemáticas pero, ¿a quién iba a engañar? Me habría pasado la tarde perdiendo el tiempo si no hubiera tenido que trabajar. También hubiese tocado el piano, escuchado jazz, y… yo que sé. Ese día tocaba escuchar a Oscar Peterson y Miles Davis, el día anterior me había quedado con ganas de más. Además, tenía que escuchar el standard Whispering, ya que iba a tocarlo con Steve.
Los comienzos de nuestro jazz. Supongo que se empieza dando pequeños pasos. Pero escucha, ¡que mal tocaba el piano! Hace un tiempo creía que tocaba más o menos bien, pero mejoré lo suficiente como para darme cuenta de lo asquerosamente mal que acariciaba las teclas.
Me desmonté de la bici y llamé al timbre, releí, después de llamar, la dirección para asegurarme. Número 35, calle veintiocho, Sebastopol. Sonreí, Sally me había escrito las direcciones con una ironía que solo captábamos ella y yo. Tardaron un poco en contestar, y pensé en la cantidad de fórmulas que entraban en la prueba del día siguiente, las repasé mentalmente. Me gustaba las matemáticas, eran como un rompecabezas donde constantemente te daban reglas nuevas, con las que pasar de nivel. En ese momento se abrió la puerta y salí rápidamente de mi cabeza para concentrarme.
– Hola chico, ¿qué quieres?
– Buenos días, le traigo su comida.
– ¿Comida? No he llamado al telepizza ni nada por el estilo. Gracias.
– La comida de la residencia, que como ha decido seguir aquí se la envía a casa.
– ¿La comida de la… ¡Ah, si! Pasa, pasa, no te quedes ahí parado -y acto seguido caminó lentamente hacia el salón, dejando la puerta abierta.
Le seguí cerrando la puerta, y deposité la bandeja de plástico encima de la mesa.
– Bueno chico -se paró y me vio allí en medio de pie- Siéntate, siéntate.
Lo hice.
– Supongo que esto no lo haces por amor al arte, ¿no?
– Esto… No, me pagan algo de dinero.
– Lo suponía -se recostó en su asiento, dando la sensación de que le encantaba el haber adivinado mi respuesta- Pero no pasa nada, eres joven. Yo cuando era joven también le daba importancia al dinero y esas cosas.
– ¿Y ahora no le da importancia?
– Pues verás, no mucho. Soy un anarquista, ¿sabes? Pero como muy bien dice quien yo me sé, que es un personaje de Unamuno, ¡ay, Unamuno -suspiró mirando al cielo- , no soy de los que ponen bombas.
– Eso ya me lo imaginaba -me reí con ganas. La idea de ese anciano amable detonando bombas era demasiado absurda.
– No te rías tanto, chico. Muchos defienden unas ideas que no encajan con el anarquismo, y las llaman por ese nombre, ensuciando las teorías que con mucho esmero crearon hombres muy sabios. ¿Cómo vas a colocar bombas, matando a gente, y luego decir que tu objetivo es que se pueda confiar en la bondad innata como forma moral y sistema político? ¡Están locos! Se podría decir que los que entendemos algo del asunto, los que leemos, nos podemos considerar anarquistas clásicos, a los que mi querido Unamuno llama anarquistas místicos. Eso somos. -mientras dijo esto me observó concienzudamente, y me revolví algo en mi asiento, aunque me interesaba lo que estaba diciendo- ¡Pero qué plasta es este tio!, pensarás. Te lo explicaré yendo al grano, a la esencia. A mí el dinero no me importa nada, es papel verde con el que se pueden comprar cosas que, a excepción de la comida, en el fondo no sirven de mucho. A mí me importa lo que simboliza el dinero. El tiempo. ¿Nunca lo habías pensado? El dinero simboliza el tiempo de las personas, chico. De los trabajadores. Malgastar tu tiempo con el dinero después de haberlo ganado con ese mismo tiempo es una ironía muy absurda que me veo obligado a ver todos los días, ¡todos!
– Pero el tiempo de unas personas vale más que otras.
– No eres nada tonto, chico, nada tonto. El tiempo es nuestra única posesión. Somos humanos, y mientras lo seamos eso será así, crea la gente lo que crea. Puede creer poseer un coche caro o un casoplón en Hawaii. No será suyo. Pero eso nos lleva a tu pregunta, y la respuesta es no. Rotundamente no. Tal vez consigas más papelitos empleando tu tiempo trabajando de una manera u otra. Pero en la esencia, que es lo que importa, la verdad, no.
– Lo siento mucho, pero ahora debo marcharme, tengo tres pedidos más que entregar y no quiero que pasen hambre -me dolía en el alma cortarle así, cuando más animado estaba.
– Claro, chico, claro. Te veré mañana, ¿no?

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Jornada nocturna

– No sabía yo que cavar era tan cansado.
– Tampoco es para tanto, ya verás como te acostumbras enseguida -respondió Thomas con energía.
– Pues oye, la verdad es que lo único que acelera mi ritmo es ver… Ya sabes… Eso -señaló entonces un punto en la oscuridad, que no podía distinguirse desde su posición.
– A mí no me importa -Thomas se encogió de hombros sin siquiera mirar hacia la dirección a la que apuntaba Mason.
– ¿Nada? Yo no paro de pensar cosas horribles. No puedo evitarlo, así, en la oscuridad.
– No le des muchas vueltas. Tú cava, y ya verás lo rápido que se te olvida.
– ¿Cómo puedes permanecer tan impasible?
– Fácil, mírame, por esto -cuando se aseguró de que Mason le miraba, se señaló a sí mismo con ambos brazos, sonriendo.
Permanecieron un rato en silencio. Solo se escuchaban los sonidos nocturnos del bosque. Un cuco sonaba de lejos, mezclado con los cantos de un raro pájaro que solo canta de madrugada. De vez en cuando el viento soplaba, arrastrando las ligeras hojas que el otoño había derribado mientras todos estaban demasiado ocupados pensando en lo largo que era el verano ese año. Un búho cantaba, tímidamente, desde algún árbol cercano. Solo se escuchaba eso. Eso, y los sonidos que producen al cavar dos hombres. Mason masculló entre dientes, con la respiración entrecortada, hasta que se atrevió a preguntar.
– Cuando le metamos dentro, ¿puedes tú sujertarle la cabeza y yo los pies?
– Sí, tranquilo. Sé que es algo duro la primera vez.
– ¿Lo fue para ti? -dijo con cara de agrado y sorpresa.
– No.
Silencio de nuevo, cada vez se apilaba más tierra al lado del hoyo.
– Casi hemos terminado -dijo Thomas saliendo del agujero.
– ¿Por qué sales?
– Quiero verlo desde fuera, es necesario para tener una buena visión -observó durante un rato como cavaba Mason- Sal.
Mason tiró la pala a un lado y escaló, precipitándose. Se veía que tenía muchas ganas de salir. Mason pensaba que todo sería más fácil. Que cavarían, les pagarían al día siguiente y todos contentos. Pero no, allí estaba la bolsa que contenía el cadáver que Toni les mandó enterrar ayer. Estaba metido en una bolsa, pero le miraba. Le miraba mientras Mason cavaba su tumba, donde sería olvidado y se pudriría. Mason sufrió un escalofrío que le recorrió la espalda.
– Venga, quiero largarme de aquí.
Elevaron el cuerpo y lo balancearon un poco. Cuando lo soltaron, escucharon un ruido sordo, que fue seguido de una palada de tierra apresurada de Mason.
– ¡Eh! ¡Eh! ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– No seas cagaprisas. Estás loco si crees que después de cavar durante dos horas seguidas no voy a tomarme una pausa para fumarme un cigarrillo antes de seguir.
– Pero…
– Anda, toma -le dio un cigarrillo y se lo encendió. Mason pegó una pequeña calada, insegura e impaciente. Thomas se sentó en el suelo y se puso cómodo, fumando tranquilamente mientras miraba hacia la oscuridad.
– ¿Quién era? -soltó Mason de pronto.
– ¿Quién era quién?
– Pues… Él.
– ¡Pero si sabes que no podemos saberlo! Estás pensando mucho en cosas en las que no es sano pensar. Termínate el cigarro y tranquilízate. Ya verás, esto está casi hecho.
Se levantaron y continuaron trabajando, esta vez echando tierra dentro del hoyo. Cuando terminaron asintieron sombríamente.
– Es más duro de lo que creía.
– Bienvenido.

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