Lleno de clichés

Perdón por no escribir en mucho tiempo. Esta vez os voy a contar una pequeña historia que sucedió en el norte de Inglaterra a principios del siglo XIX.

-¡Sebastian! ¡Venga de inmediato!
El criado se acercó con expresión agria, que intentó cambiar por una sonrisa poco creíble una vez se encontró enfrente del duque y su primo, el señor Greenwood.
-¿Me llamaban? -preguntó cortésmente.
-Por supuesto que le llamabámos. El señor Greenwood y yo nos preguntábamos si se había olvidado del encargo que le hicimos hace media hora. -mientras el duque decía esto, echó varias miradas a su primo, a la vez que levantaba la vista resoplando y negando con la cabeza.
-Estoy en ello, señor. En pocos minutos podrán disfrutarlo. -dijo Sebastian, haciendo como si no hubiese visto los gestos despectivos del duque.
Acto seguido, el criado salió del gran salón, disculpándose e inclinándose.
El salón denotaba riqueza con cada mota de polvo. Estaba iluminado por grandes y alargadas ventanas, en cuyas cortinas blancas se veían complejos bordados de hilos dorados y granates. En el fondo del salón había una estantería con libros muy antiguos, que no parecían haber sido leídos en muchos años, a pesar de que estuviesen muy limpios. Al lado de la estantería se encontraba un escritorio, con muchos documentos oficiales apilados en tres montones, entre los cuales había muchas plumas y varios tinteros desperdigados por la mesa.
Por la sala había repartidas varias sillas de madera de caoba, con tapicería de alta calidad, y en uno de los extremos, junto a la pared contraria a la que ocupaba la estantería, había un sofá en el que estaban sentados los dos nobles, con una mesa baja enfrente, donde reposaban tazas con posos de té. Desde el sofá se podían observar los extensos y cuidados jardines del palacio del duque, en el que jugaban unos niños.
-¿Se lo dije, o no se lo dije? Es horrible lo lento que es Sebastian.
-Sí, la verdad es que creo que se ha distraído. Si no, no me lo explico.
-No le busque explicación, ya se lo digo yo: simplemente es un inútil. ¡Media hora para traernos un té!
Reinó el silencio durante unos instantes.
-Cambiando completamente de tema, el otro día leí algo muy sorprendente en un libro.
-¿Ah, sí? Cuénteme. -exclamó el duque con interés.
-Verá, en el libro a un niño se le ocurre que el mundo, desde su punto de vista, sería mucho mejor si todos fuésemos iguales.
-¿Iguales? Vaya tontería. -soltó con su habitual aire de superioridad.
-Sí, pero no solo eso. Le gustaría que todas las casas fuesen iguales también.
-Ese niño empieza a parecerme muy estúpido. -dijo ya con menos atención, mientras miraba por la ventana.
-Pero el niño explica por qué esto le gustaría. -hizo una pequeña pausa, que, de haber tenido a mano, habría aprovechado para beber un poco de té- Explica que sería genial poder entrar en una casa pensando que es la tuya, aunque no lo sea. Entrar y cenar con unos desconocidos, tratarles como si fueran tu propia familia, y dormir en una cama que no es la tuya. Imagínese. ¿Le haría usted daño a alguien que es igual que su padre y que su hermana?
-Es la cosa más absurda que he oído en mucho tiempo, señor Greenwood. -arqueó las cejas- ¿Donde ha leído este disparate?
-A mí me ha parecido muy original, me sorprendió mucho. Piénselo, todos…
-No le he preguntado eso. -le interrumpió de nuevo.
-Ah, sí, pues en un libro que he encontrado en la antigua biblioteca, se llama Levantad, carpinteros, la viga del tejado.
El duque abrió mucho los ojos.
-¿Qué?
– Lo que ha oído, lo escribió un tal Salin…
-¡Pero este hombre debe de ser imbécil! Salinger estaba diciendo, ¿verdad? -dijo el duque, interrumpiéndole.
-Sí, es el autor del…
Llegado este momento el duque no pudo contenerse más y comenzó a reírse a carcajadas.
-¿Qué ocurre?
-Ni siquiera… El muy tonto… Siglos… -dijo como pudo el duque, ya que la risa no le permitía hablar.
-No entiendo nada. -el señor Greenwood pudo observar perplejo como el duque se caía al suelo y continuaba riéndose.
En este momento entró a la habitación Sebastian, con una bandeja de plata y el té prometido.
-Ya no hace falta… -decía entrecortadamente el duque desde el suelo- ¡Si ya la ha cagado!
-Primo, le ruego que…
El duque, completamente fuera de sí, se retorcía por el suelo. Sin embargo, poco a poco se le fue pasando, hasta que consiguió volver a respirar normalmente.
-Ya me calmo, ya me calmo. -dijo al fin el duque, levantándose lentamente- Dios, como me duele la tripa.
Sebastian seguía de pie, esperando una explicación con la boca abierta.
-¡Ese té! Venga, tengo la boca seca.
Sebastian dejó la bandeja encima de la mesa y se marchó.
-Dígame, ¿acaso recuerda haber comprado ese libro?
-La verdad es que no.
-Por supuesto que no, será… Si quería hablar de ese libro, ¿para qué ambientar la historia en este siglo? -cogiendo la taza de té y echándose azúcar continuó hablando- No se acuerda… Porque le resultaría imposible comprarlo. Ese libro es del siglo XX, y estamos en el año 1806.
-¿Y cómo sabe eso?
-La verdad es que no lo sé, con este imbécil nada tiene sentido.
Miró hacia arriba como buscando algo.
-En fin, de todos modos, un buen escritor ya nos habría descrito, ¿quién se lanza así sin más al diálogo, sin una buena introducción?
El duque se alisó en ese momento su chaqueta, reparando por primera vez en lo arrugada que estaba. Esta era de color verde, a juego con sus pantalones, que eran visibles hasta la rodilla, donde estaban cubiertos por unas medias blancas. El duque era un hombre de unos cuarenta años, que era bien conocido en la zona por ser muy mujeriego.
Su primo, el señor Greenwood, era, en cambio, la sutileza y la corrección en persona. Vestía de forma parecida al duque, pero de color marrón.
-Desde luego, este tío sabe cómo quedar mal, ¡describirnos ahora ha quedado tan patético! -dijo el duque riéndose a su primo, que por fin comprendía la situación y pudo reírse también.
-En realidad lo peor es que no ha investigado mucho sobre la sociedad inglesa de este siglo. -se calmaron un poco- Solo sabe que los ricos toman mucho té y tienen sirvientes. Y la verdad es que llevo cinco tazas de té y estoy harto de pedir más y más, como si no se hiciera otra cosa aquí en Inglaterra.
-¿Cuándo va a terminar con esto el muy idiota?
-Supongo que espera a que pase algo. No ha pasado nada en toda la historia y queda un poco aburrida.
-¡Seguro! -esto originó una nueva oleada de carcajadas, que duraría mucho tiempo.

Anuncios
Publicado en Cuentos Cortos | 5 comentarios

Dependencia III

Cuando Félix se quedó solo, avanzó con pesados pasos hacia su escritorio, lo que hizo crujir la madera del suelo, ennegrecida tras el paso del tiempo y la acumulación de desesperanza e ilusiones rotas, junto con el polvo que las arrastraba y que nadie se preocupaba por barrer. Se disponía a sentarse y ya tenía agarrado el respaldo de su silla cuando llamaron a la puerta. Cuatro golpes secos. Extrañado, se dio la vuelta e interrumpió su ritual diario.
«Será Gabriel, que se ha olvidado alguna chorrada» pensó mientras avanzaba lentamente hacia la entrada, esquivando los sagrados pequeños montones desordenados de papeles que entre los dos habían acumulado a lo largo de los años, donde historias agonizaban sin comprender el porqué de su final inacabado.
Para cuando Félix alcanzó, tenía la absoluta certeza de que al otro lado no se encontraba Gabriel. Lo sintió en el aire, e incluso, de alguna forma, lo olió.
-¿Qué desea? -fue lo único que Félix pudo mascullar al abrir la puerta.
– Pero bueno, Félix. ¡Tú, tratándome de usted! Habráse visto tontería semejante. -contestó un hombre bajo, algo gordo y calvo, que iba vestido elegantemente con un traje que hubiera estado de moda si el encuentro se hubiese producido veinte años atrás. Llevaba un sombrero del mismo color que su traje, gris, que se quitó alegremente en forma de saludo cuando vio asomarse al escritor.
-Eh… ¿Le conozco? -preguntó con una sensación de que la respuesta era, a su vez, negativa y afirmativa.
– ¡Ya lo creo que si me conoces! Trátame de tú, no te lo voy a volver a repetir. No soporto que me traten de usted, es tan frío y tan… Además, no me tratabas de usted en tus cartas. -dijo con una sonrisa, como ofreciendo una pista clave para resolver un gran misterio.
La cara de Félix recobró el color que había perdido durante la mañana.
-¡Fermín! Dios, no sé cómo no he podido reconocerte a primera vista. Pasa, pasa.
Pasaron y Félix apartó apresuradamente un poco las cosas que había encima de una silla para poder sentarse.
– Toma asiento. Sí, ahí. -añadió indicandole una silla libre- La verdad es que se me había olvidado que ibas a venir, he tenido una mañana un poco más movida de lo normal. Una larga historia.
-Muy bien, pues aquí estoy. ¿Ahora qué?
-Ahora disfrutamos de este momento maravilloso. Lo he intentado tantas veces… Tantos intentos que no quiero ni pensarlo. Eres el primero que consigue llegar hasta aquí, ¿sabes?
-No me extraña, las indicaciones no eran muy precisas que digamos. -respondió inocentemente Fermín- He tenido que probar en el piso de enfrente antes de dar con el tuyo.
Félix abrió mucho los ojos.
-¿Me estás diciendo que el problema era mi dirección y no…? -no pudo terminar, ya que estalló en carcajadas, doblándose de la risa.
Mientras tanto, Fermín le observaba como quien observa a un extraterrestre, atónito, sin comprender qué es lo que era tan gracioso.
-Muy bueno. -dijo Félix al fin, respirando entrecortadamente- Muy bueno.
-Si has terminado de reírte, yo no he venido aquí a hacer el indio, y me gustaría saber porqué me has mandado esa carta en la que urgentemente me pedías que viniera.
-Muy bien, creo que ahora lo vas a ver todo más claro. -puso un tono de voz más serio- Fermín, no eres real. Al menos, no del todo.
Fermín podría haber estallado en carcajadas, pero los carácteres de este y de Félix eran muy distintos. La reacción de Fermín consistió en poner una cara de asombro, mezclada con una suave mezcla de preocupación.
-Pero, ¿qué dices?, ¿cómo? ¡Está loco! -balbuceó, perplejo.
-Sí, Fermín, no perteneces al mudo real, porque yo mismo te creé. Te contaré toda la historia. Sin anestesia, verás, soy escritor, y hace mucho tiempo me inundó la mente una idea. No podía comer, no podía dormir, ¡tenía que probarlo! ¿El qué? Conseguir que un personaje surcara el mundo de lo fantástico para llegar a nuestro mundo, el real, el gris. Siempre hacía lo mismo, narraba una historia en la que yo mismo mandaba cartas a un personaje. Al principio, cuando este no estaba lo suficientemente definido, respondía sus cartas por él, hasta que poco partes de las cartas se escribían solas. Las escribía mi personaje, en este caso, tú. Finalmente, para que mi personaje respondiese mis cartas solo tenía que dejar la mente en blanco y dejar fluir el bolígrafo sobre el papel, que escribía por si solo una contestación…
– Eso que dices… No puede ser. ¡Está tarado! ¡No puede ser otra cosa! -le interrumpió Fermín, que había escuchado todo este tiempo con la boca abierta- Loco de remate, debería ir a ver a un médico y…
-No me interrumpas, Fermín. Deja de decir estupideces. Sé que es difícil aceptarlo, he vivido lo suficiente en tus zapatos como para comprenderte, saber cómo piensas. Seguiré contándote, ¿por dónde iba? Ah, ya sé, ya sé. Muchas veces he tenido que volver a empezar todo el proceso, a partir de una historia nueva, porque un personaje se independizaba lo suficiente como para mudarse de casa, o dejar que por accidente le atropellase un coche por la calle, o cosas por el estilo. Contigo por fin he conseguido que cobres vida, pero que no seas lo suficientemente independiente de mí como para escaparte entre mis dedos por un mundo que yo mismo he creado. Y mírate, ¡estás aquí, enfrente de mí!
Fermín se hundió en la silla que ocupaba, boqueando en busca de aire. Félix, algo alarmado, se levantó repitiéndole una y otra vez que se encontraría mucho mejor en cuanto le trajera un vaso de agua. Cuando por fin le acercó uno el hombre lo apartó, murmurando de forma casi ininteligible algo parecido a ‘Whijkl‘, lo que Félix dedujo milagrosamente como whisky, que fue conseguido por el escritor de inmediato.
Unos minutos más tarde, y después de dos vasos de whisky acompañados por un cigarrillo, Fermín se empezó a recuperar, mientras Félix le observaba, fumando calladamente.

Publicado en Cuentos gordos | 3 comentarios

Dependencia II

Después de lo ocurrido Félix y Gabriel permanecieron un rato en silencio. Gabriel comenzó a mover inconscientemente su pierna derecha, como en un tic nervioso. Constantemente lo hacía, era extraño, porque tampoco era el típico gesto, ya que Félix, aunque le conociera desde la infancia, no podría decir: “es lo que hace cuando piensa”. No, simplemente era un movimiento que realizaba a veces. Tal vez estaba ligado a algo más, o simplemente era una pequeña acción como todas las que ocurren en el mundo, y que pasan desapercibidas día a día. Pensando estaban los dos, cuando Félix rompió el hielo y con eso paró el movimiento de Gabriel.
– Bueno, tengo una idea de lo que acaba de pasar.
– Yo también, creo que es la misma que la tuya. Cuéntala, tú has hablado primero, al fin y al cabo -al decir esto, se acomodó en el sofá, inclinándose hacia atrás y mirándole con los ojos abiertos.
– Bien, ¿alguna vez has oído hablar de la lucidez que se da en algunos enfermos antes de morir?
– ¡Exacto! Caray… -sonrió- Prométeme que no sabes leer la mente.
– Te lo prometo -respondió devolviéndole la sonrisa- Pues ni más ni menos que eso. Ha sido un caso exagerado, eso sí, no creo que sea siempre tan excesivo.
– Hemos tenido suerte, me ha gustado hablar con él así. Y bueno, luego está lo de la casa. ¿Tú también crees que la casa en realidad no es suya del todo?
– La verdad es que no lo había pensado demasiado. Lee el papel, dudo que sea una herencia seria y sencillita, no sería propio de Hugo.
– Bueno, esto es algo así como su ultimátum -dijo levantándose y cogiendo el papel arrugado que estaba encima de la mesa de madera.
Concentrado y asintiendo a medida que leía, Gabriel huyó del mundo real durante unos instantes.
– ¿Y bien? -Félix le exigió regresar a la habitación tras unos instantes, ya que tenía curiosidad. No era ansioso y sabía tener paciencia, pero este tema le intrigaba en extremo.
– Toma, toma, no quiero reventarte el final y como siga hablando se me escapa -se rió mientras le alcanzaba el papel – Bueno, voy a bajar a comprarle el pan a Sara, ahora vuelvo.
Félix leyó:
Solo pienso y al pensar me doy cuenta de que existo, al existir solo sé que no sé nada, y vuelvo a pensar con pesar. Como vosotros, que existís y os preguntáis qué estaréis leyendo. Bueno, pues si no os habéis sentido como verdaderos hombres de vuestro tiempo, pero observados por una presencia de seres comprensivos y críticos, u os habéis sentido jueces comprensivos de hombres pasados, el experimento no habrá tenido éxito. Con ello, espero que esta carta os ayude, como a Raskolnikov le ayudó que Dostoyevski le hiciese comprender mediante Sonya que estaba equivocado, aunque no lo pareciese.
A usted, juez que vendrá a poner pegas a la herencia, le dedico una frase racional y vacía: Les dejo a Gabriel Fernández y a Félix Larquesa mi casa, en la calle Maravillas, bloque 34, tercera planta, y todo lo que hay dentro de ella. No quiero terminar con ese zurullo, por lo que citaré, esta vez sin esconderlo, a Spinoza:
“Cualquier cosa que sea contraria a la naturaleza lo es también a la razón, y cualquier cosa que sea contraria a la razón es absurda”.
Y con dos frases propias:
“Nadie muere hasta que cae en el olvido”
“El ser humano es estúpido, y solo los menos estúpidos se dan cuenta de ello”
Félix lanzó el papel sobre la mesa y miró a Gabriel, que habló casi atropelladamente.
– No se ha dejado nada, ha mencionado a Sócrates, Descartes, Dostoyevski, Spinoza, ¡si incluso ha citado parte del final de El tragaluz de Buero Vallejo! Perfecto -Gabriel seguía recostado en el sofá, se incorporó un poco y cogió algunas monedas que había encima de la mesa.
– Pero, ¿te has fijado en sus frases finales? Nunca habría imaginado que leyese tanto y que pudiese reflexionar de esa manera. Antes siempre nos hablaba de cosas que veía en la televisión.
– Yo creo que estaba decepcionado con el mundo teórico. Cansado de tantas ideas y que nadie que se atreviera a llevarlas a cabo -se dirigió hacia la puerta- ¿no te ha contado nunca que fue militante de un partido político?
– No. ¿De cuál? -Félix nunca se había interesado por Hugo, y estaba sorprendido de que fuese un hombre completamente desconocido a él.
– La verdad es que no lo sé, solo sé que le decepcionó que no consiguieran nada -abrió la puerta- Ahora vuelvo.
Félix no respondió, ni siquiera se dio la vuelta. Le bastó el sordo ruido de la puerta.

Publicado en Cuentos gordos | 2 comentarios

La necesidad de la existencia de héroes

El mundo actual necesita la existencia de héroes, ya que en los últimos tiempos hay una gran escasez de ellos. Son indispensables para la sociedad, ya que sirven como ejemplo del saber hacer y del bien moral, de forma que sea más fácil sacrificarse para realizar buenas acciones. Los héroes son fuente de inspiración para la población, ya que sin ellos queda desamparada, sin saber qué hacer.

Surgen en estos momentos las dudas que solo surgen sin la existencia de los héroes. Preguntas como ¿por qué voy a ser bueno, si nadie lo es? Crecen y se expanden rápidos como la pólvora, y esto ocurre por el simple hecho de que solo un héroe es capaz de hacer el bien sin pedir nada a cambio, sin obtener ningún beneficio material. Solo un héroe es capaz de establecer una meta en su vida como lo es realizar el bien, intentar hacer felices a los demás siendo justo y amable con los suyos, con esta población perdida de la que he hablado, y firme con los que solo pudren a los demás con sus actos y sus venenosas lenguas, los que, al contrario que los héroes, se entregan al mal, al egoísmo puro y ciego.

Es necesario remarcar que los héroes escasean últimamente, y esto es un problema grave y serio. ¿Dónde están los héroes? Los héroes están en la calle, en las pequeñas editoriales y en los cines sin fondos. Los héroes de nuestro tiempo son los artistas. Y con esto no quiero decir que todo el que no escribe, ni pinta, ni canta no sea un héroe, ni que el que haga cualquiera de esas cosas lo sea. No, con artista me refiero a los que hablan con arte, piensan con arte y actúan con arte. A los que buscan lo bello en un mundo donde parece que eso ya no existe. Busque un poco, puede que tenga cerca a un héroe. Puede que sea usted un héroe. Manifiéstese, se lo pide el mundo, estamos perdidos si hemos convertido nuestro planeta en un lugar en el que los héroes ya no pueden manifestarse.

Publicado en k sta pasando aki? | 4 comentarios

Dependecia

Los dos amigos llevaban viviendo dos años en ese pequeño piso de Madrid, que les alquilaba un viejo al que se le olvidaba que los dos chicos tenían que pagarle el alquiler. Por supuesto, ellos se lo recordaban mensualmente, sacando el dinero de donde podían para pagar ese piso en la tercera planta del bloque 34 en la calle Maravillas, donde se habían acomodado. El edificio era antiguo, con escaleras de madera inclinadas de demasiadas pisadas. La madera de las escaleras, desgastada y usada, producía desde la misma puerta de entrada una sensación de comodidad que solo puede aportar lo imperfecto e irregular. Su piso estaba bastante desordenado. Había papeles por todas partes, donde había garabateados algunos bocetos de historias, relatos, ensayos o artículos periodísticos. Los había encima de la alfombra, encima de los dos escritorios de madera y forma desigual (que tenían toda la pinta de venir del rastro) que exceptuando unas sillas, un sofá y una mesa sencilla en la cocina, eran los únicos muebles de la casa. En fin, por todas partes. El olor a té recién hecho ascendía hacia el techo, que necesitaba, al igual que las paredes, una urgente capa de pintura, ya que ya casi no se apreciaba su color blanco original, que tornaba hacia un color amarillento. Las luces del piso incrementaban esta sensación, ya que desprendían un color anaranjado que los jóvenes habían seleccionado a propósito. Las nuevas bombillas azules y blancas les desagradaban.
Mientras el piso se concentraba en realizar su agradable función de ser piso los jóvenes escribían, pero esto se vio interrumpido por tres golpes secos que golpearon la puerta.
– No puedo ir ahora, ¡sería un sacrilegio! -exclamó Félix, con una mirada que expresaba angustia.
– ¡Siempre igual! -suspiró- De acuerdo, pero solo porque puedo permitirme la pausa, si no irías tu, y me daría igual si estás súper inspirado en este momento -se levantó y abrió la puerta, cuyas bisagras pidieron a gritos aceite con un chirrido quejoso.
– Hola, Gabriel, vengo a deciros una cosa a Félix y a ti -era el viejo que les alquilaba el piso, Hugo, que venía de improvisto a mediados de mes.
– Todavía faltan catorce días para el siguiente pago, Hugo.
– No es eso, no es eso. Malditos seáis. ¿Es que no me invitas a pasar? Lo haré yo mismo entonces. ¿No me invitas a sentarme? No te ha dado tiempo, claro. Bueno, pues fuera con esas pérdidas de tiempo… Esos asquerosos modales. ¿Qué te quería decir? Ah, sí, ya sé, ya sé. ¿Pero qué demonios te pasa? Ahí de pie con la boca abierta… Cierra la puerta y escucha.
Gabriel estaba perplejo, nunca había visto a Hugo en tal estado de lucidez. ¿Cómo era posible? ¡Si incluso se atropellaba con sus propias palabras, de lo rápido que hablaba! Encogiéndose de hombros cerró la puerta y se sentó al lado del viejo, en el sofá verde.
– Chico, voy a ser breve, y necesito que me escuches con atención y no me interrumpas. ¿De acuerdo?
– De acuerdo
– ¡Basta de interrupciones! ¡Era una simple muletilla! Bueno, empiezo antes de que me enrolle demasiado con temas demasiado tontos. Os he dejado la casa a ti y a Félix, que… Espera un momento. ¡Félix! Ven aquí, que es importante -dijo haciendo grandes gestos con los brazos y las manos, indicando a este que se acercase.
Félix, que había estado escuchando con atención, no necesitó que se lo dijeran dos veces, y se sentó en una silla que se caía a pedazos, enfrente de ellos.
-¿Cómo que nos dejas la casa? -dijo Gabriel, que aprovechó esta pausa para preguntar.
– He dicho que no me interrumpas. Bien, aquí está escrita mi herencia, os dejo todo lo que tengo, que es este piso y cuatro chatarras que tengo en el asilo, que voy a tirar a la basura. Ay, espera un momento, ¡pero si ya lo he hecho! Je je je. Bueno, aquí está el papelucho, todo firmado, todo bien, todo solucionado -y sintiendo que su misión había terminado, se levantó- Lo siento chicos, pero ahora tengo que irme, tengo una cita inaplazable. Un baile… Bonita chica… Bailar hasta el fin… -esto último se oyó entrecortado, ya que se oyó a través de la puerta que el viejo cerró tras de sí.

Publicado en Cuentos gordos | 4 comentarios

La barca

– No creo que debamos alejarnos mucho más -dijo Pablo, algo asustado.
– Tú tranquilo, mi padre sale todos los días, y a veces incluso vuelve al cabo de dos días.
– ¡Nos ha jodio! Pero si tu padre tiene un barco grande con redes larguísimas, mira lo que tenemos nosotros – y señaló su barca.
Era cierto, la barca que los dos chicos le habían comprado hacía una semana a un viejo pescador jubilado no pasaba su mejor momento. Era una pequeña barca de remos, hecha de madera, que había recibido demasiadas capas de brea y sal. Los dos chicos, de dieciséis y diecisiete años, estaban muy orgullosos de ella, ya que les hacía sentirse mayores. Hace dos días habían pescado a bajamar. La verdad es que uno no se hace rico pescando de ese modo, pero fue la primera vez que obtuvieron algo de dinero por algo que habían pescado ellos solos, sin estar acompañados de sus padres o sus tíos.
– Pero Pablo, ¿tú quieres empezar a pescar de verdad o no?
– Carlos, sabes que no vamos a pescar en nuestra vida de verdad con esta barca. Pescar de verdad es lo que hace tu padre, o mi abuelo. Con un barco de verdad, redes y varios marineros experimentaos. Nosotros tenemos esta barquita, una caña e hilos de pescar.
– Venga Pablo, ¡si solo nos vamos a alejar un poquitín más de lo normal! No seas gallina, que la marea está baja.
– Bueno, pero en cuanto empiece a subir volvemos, ¿eh?
– Claro que sí.
Cogieron los remos y comenzaron a remar. Habían salido temprano, pero el sol ya se reflejaba en las aguas. La mar les rodeaba, interminable se mirase hacia donde se mirase. Por mucho que alguien estuviera observando mapas y supiera que si seguía un tiempo en una dirección determinada alcanzaría la tierra, la sensación de que la mar es infinita no desaparece. En un pequeño bote esta sensación se multiplica, disparándose hasta llegar a niveles inimaginables.
– Vale, Carlos, aquí está bien, ya nos hemos alejado bastante.
Carlos dejó su remo.
– ¡Pues manos a la obra!
Estuvieron pescando toda la mañana. Cuando el sol alcanzó su punto más alto tenían bastantes peces. Los jóvenes no podían creer su suerte. Mientras remaban de vuelta silbaban y cantaban alegres, imaginando el dinero que conseguirían con sus peces. Ellos, ¡verdaderos pescadores! Quien lo iba a creer.
Metidos estaban de lleno en estas ensoñaciones cuando el barco, sin que ninguno de los remos le guiara en esa dirección, comenzó a torcerse.
– Pablo, estás remando mal.
– ¡Pero si eres tú el que se tuerce!
– ¡Pedazo de inútil!
Ambos chicos se estaban poniendo nerviosos, sabían que era cosa del mar el que se estuvieran desviando de su destino, y eso no indicaba nada bueno.
– Nos estamos acercando a los arrecifes…
– ¡Joder! -Pablo estaba ya al borde del infarto.
Los chicos remaron con fuerza, intentando desesperadamente alejarse y escapar de la fuerte corriente de agua que les conducía hacia un destino incierto. Maldicieron, sudaron, aguantaron y gritaron, mientras sentían que la muerte les observaba, todavía dudosa acerca de si tendría que ir a buscarlos o no al fondo de las aguas.

Publicado en Cuentos Cortos | 2 comentarios

El escritor

Se sentó el escritor cogiendo
papeles para crear.
Frunció el ceño,
insistió e insistió.
Mas nada de su agrado,
su pluma escupió.

Mató personajes que acababan de nacer
destruyó universos, observándolos caer
¡Caían universos en forma de papel!

Arrugada y despreciada
la obra miró a su dueño.
Un poderoso creador
cuyo ingenio sufría de sueño,
gracias a la fama
que le fue dada por gente sin criterio
y sin nada.

Publicado en Poemas | 6 comentarios