Mar de los ahogados

Nunca sirvió de nada escribir sobre ello.

Pero sirve de tanto.

Tantas vidas aplastadas por el peso de lo que no pesa alivian y aliviaron su carga.

Cerrar los ojos, no pensar, soltar amarras desatando todos los nudos.

Navegar sin barco. Sin tripulación. Sin capitán. Sin ver nada más que lo que se pone por sí mismo en el medio.

No hay rumbo fijo. 

Si llevas mapa, te hundes.

Si no lo llevas, estás hundido.

Porque en el mar no se sabe nada. Y los que lo saben, lo saben.

Los únicos que no se ahogan son los que creen que navegan mientras se arrastran por el desierto.

En el desierto no hay peces. Nada pica cuando lanzas la caña.

Pero no te ahogas.

Tantas palabras que aluden a lo mismo. Tantos intentos en vano de expresar lo inexpresable. Palabras muertas sobre el papel.

Y aún así, cobran vida cuando se sumerge alguien en ellas, y se ahoga.

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Un rato en la nada

Quiero que intentes imaginar la nada, pues es allí donde nos encontramos, en ningún sitio. Si se te hace más fácil, piensa en el color negro (ya será algo, pero, ¿a quién le importa?). En el negro más absoluto.

 

Por la negrura caminaba nuestro hombre, en ninguna dirección. Sin embargo, en medio de todo ese lugar inexistente se le apareció, iluminada por una luz que parecía no provenir de ninguna parte, una cabeza flotante. No tenía rasgos definidos, ya que solo poseía una boca y unas orejas. El resto de la cabeza era plano, cubierto por una piel lisa y rosada.

― ¡Eh, tú! ―le dijo la cabeza al joven que caminaba― Acércate.

Su voz era profunda y potente, e inundó la nada como el agua llena un vaso.

― ¿Quién eres? ―le preguntó el joven mientras se aproximaba.

― No tengo nombre, y lo que soy ya lo puedes ver.

― El que no puede ver eres tú, y aun así me has llamado, sabiendo que estaba aquí. ―repuso con tono burlón.

―Te he oído venir.

― ¿Cómo es eso, si no piso nada que pueda hacer ruido?

En efecto, el joven se sostenía sobre la nada, que era lo único que había a excepción de los que mantenían la conversación.

― Si te gusta más puedo decirte que te he sentido. Llámalo como quieras, tu lógica pierde su sentido aquí.

― Claro, lo que tú digas. En fin, ¿para qué me has llamado?

― Te he oído (o sentido, como prefieras) buscándome y he decidido ayudarte a terminar con eso. Si fuera por ti, podríamos habernos tirado toda la eternidad aquí.

― ¿Buscándote? ¿Cómo iba a estar buscándote si acabo de enterarme de que existes?

― Nadie vaga por aquí sin la necesidad de encontrar algo. Y en tu caso, ese algo soy yo.

― Vaya, pues ahora que te he encontrado ya puedo irme, ¿no? ―echó un vistazo a su alrededor― ¿Dónde está la salida?

― No hay salida ni entrada. Y antes de que repliques, ya te lo he dicho, tu lógica no funciona aquí.

― La verdad es que mi lógica queda un poco confundida cuando hablo con una cabeza flotante ―se rió, y después se hizo el silencio― Si estás tan seguro de que te buscaba, sabrás también por qué lo hacía, supongo ―añadió finalmente.

― Supones mal. Existo por la misma razón por la que estás aquí, y eso solo lo puedes saber tú mismo.

El joven dio una vuelta alrededor de la cabeza, pensativo.

― ¿Acaso tenemos que jugar a preguntas y respuestas?

―  No tenemos que hacer nada. Al igual que nada te obliga a vivir, encontrar la respuesta a lo que buscas no es necesario. Sabes perfectamente que, si te quedases por siempre aquí, nadie te echaría en falta más que por un suspiro de tiempo.

― Ya, pero…

― Si estás pensando en tus aportaciones, o como quieras llamarlas, no hace falta que te diga lo irrelevantes e inútiles que son. ―El joven tragó saliva―  No te sientas insultado. Digo esto porque vienes de un mundo en el que por mucho que pensadores como Sócrates, Platón, Aristóteles, Voltaire, Montaigne, Kant o Tolstoi hayan dejado su huella, apesta a mediocridad, debilidad, sentimentalismo ridículo e ignorancia. A esto hay que añadir que la mayoría de lo que quieres transmitir al mundo ya ha sido transmitido. Pero repito, aunque no fuera así, seguiría siendo igual de inútil que todo lo anterior.

― Si fueran tan inútiles como dices, no conocería los nombres de esas personas a las que has nombrado ―dijo el joven, un poco pálido.

― ¡Oh, no niego que esa gente haya marcado el pensamiento humano! ¡No niego que las élites intelectuales de las distintas épocas se hayan deleitado redescubriendo lo que grandes hombres defendieron! Pero no es más que eso, la mayor parte de la humanidad no se ha preocupado más que por la comida, el sueño, la riqueza y el amor.

― ¿Y no es eso más que suficiente? Me parece ridículo lo asquerosamente elitistas que suenan tus palabras, declarando que solo son puros los que se han dedicado a reflexionar sobre la vida de forma teórica. ¿No entiendes que esos grandes hombres han tratado precisamente los temas que según tú solo preocupan a la mediocre gran parte de la población?

― Tal vez sea así, pero mientras ellos reflexionaron sobre su actitud ante el mundo, y sobre qué soluciones se podrían encontrar a los problemas a los que se enfrentaban, el resto no solían prestar atención a lo que les convertía en humanos. Engullían la comida sin saborearla. Dormían, pero no soñaban. Poseían grandes riquezas materiales sin entender por qué por mucho que acumularan estúpidos objetos no conseguían ser ricos. Y no sentían amor humano, sino simple atracción física relacionada con el instinto de reproducción.

― Hablas de ellos como si fueran animales.

― Esos seres humanos son peores que los animales. Actúan como tales, pero además sienten anhelos humanos como la codicia, la ambición y la envidia.

― No, son humanos con toda la imperfección que ello conlleva, es innegable que hay algo que les hace distinguirse de los animales, algo que…

En ese momento, la nada en la que se apoyaba el joven cedió, haciéndole caer hacia arriba. Mientras ascendía, la cabeza flotante le observaba, impasible, con la mirada fría de la razón. Llegó un momento en el que la luz que iluminaba la cabeza se perdió en la negrura. El joven continuó ascendiendo.

Escuchó su caída, ya que el aire de la nada era cortado por su cuerpo, que ascendía a gran velocidad, generando melodías casi perfectas. Por si no podéis imaginaros la escena, pensad en el sonido que se produce cuando movemos rápidamente una vara de madera en nuestro mundo, cortando el aire. Ahora trasladad eso a la nada donde nos encontramos, y asimilad las palabras de la cabeza, aquí vuestra lógica no os sirve para nada.

Las melodías, cuyas notas tomaban la forma de gotas, empaparon como una lluvia al joven, que finalmente terminó de caer.

― ¡Eh, tú! ―le susurró una voz de miel y terciopelo― Acércate.

El joven miró en todas las direcciones, pero no consiguió ver a nadie.

― ¿Dónde estás? ―preguntó a la nada.

― Estoy encima, debajo y al lado de ti.

― ¿Y por qué me pides, entonces, que me acerque?

― Empiezas a comprender que solo entenderás desafiando a tu entendimiento ―se hizo una pausa― Eso está bien, pero aun no entiendes nada.

― Solo entiendo que no te entiendo.

― Ni siquiera eso, eso solo lo intuyes, joven.

― ¿Quién eres?

― Yo no soy.

― ¿Eso es posible?

― ¿Por qué no iba a serlo?

― Esta conversación no va a ninguna parte ―dijo mientras miraba a su alrededor, sin encontrar nada.

No hubo respuesta.

― Me encantaría sacar algo en claro de todo esto ―añadió el joven con un hilo de voz.

― En la negrura solo se emborrona, se destruye y se duda, pero nunca se saca nada en claro.

― ¡Pero yo he venido aquí a eso! No tiene sentido que me sumerja para destruir y dudar sin conseguir ninguna conclusión.

― No he dicho que no se saquen conclusiones en la negra nada, solo digo que nunca son… claras. ―respondió con su melodiosa voz.

El joven recuperó el color y decidió alejarse de la negrura, fundiéndose en ella hasta desaparecer.

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¿Cómo puede la mermelada destrozar una utopía?

Samuel desayunaba cuando Marcos entró en la cocina. La habitación estaba inundada por la clara luz del sol de invierno por la mañana, que se reflejaba en las paredes blancas y las baldosas rojas del suelo. La mesa en la que estaba sentado Samuel también era blanca, al igual que las sillas situadas a su alrededor. Tanto la mesa como la sillas estaban hechas de plástico. Tenían ese típico aire que tienen los muebles de Ikea.

― ¿Qué hay? ―murmuró Marcos bostezando al entrar.

― Nada. Ya lo ves. Desayunando.

Ambos se conocían desde hacía cinco meses. El 28 de septiembre
se vieron por primera vez, cuando el dueño reunió a los tres estudiantes que iban a compartir su piso ese año. El propietario había elegido a los jóvenes cuidadosamente, ya que desconfiaba por regla general de todos sus inquilinos desde que unos universitarios austriacos, que estaban de erasmus, le destrozaron prácticamente todos sus muebles. No pudo obligarles a pagar los daños por un error burocrático en la denuncia, que se produjo debido a la nacionalidad extranjera de los universitarios.

Los tres nuevos estudiantes se cayeron bien desde el primer momento.

― Sara me despertó ayer ―comentó Marcos mientras calentaba el agua para prepararse un té― ¿A ti no?

― Qué va, sabes que no suelo despertarme por nada del mundo.

― Cierto ―se rió―. Pues tienes una suerte tremenda. Estaba bastante borracha y no paraba de cantar junto con una amiga suya La cucaracha y canciones por el estilo. En fin, ―suspiró― ya sabes cómo es Sara.

― ¿Conoces la Chacona de Bach? ―dijo Samuel, que no había prestado demasiada atención a lo que su amigo le decía mientras él se untaba mantequilla y mermelada en una tostada.

― ¿Cómo? ―se hizo una breve pausa― Pues… sí, ¿no? ¿No es esa pieza para violín que me pusiste superemocionado la semana pasada?

― Sí, esa, esa ―levantó la vista de su tostada y le miró―. Pero, ¿te acuerdas de lo bella que era?

― Sí, claro. La verdad es que me impresionó bastante.

― He estado pensando mientras la escuchaba ayer por la noche.

― Dime, dime ―dijo con un tono que denotaba interés, mientras se sentaba a la mesa con su té recién hecho.

― Me preguntaba ayer por qué todo no es tan bello como la Chacona de Bach. Durante unos instantes, me pareció una absoluta mierda que pudiesen existir cosas que no fueran tan bellas como esa pieza. ¿Por qué no puede ser todo tan bello como ESTO?, me repetía una y otra vez. Hasta que pensé con un poco de claridad y me di cuenta de que, si todo fuese bello, nada lo sería.

― No lo pillo. Explícate un poco.

― Es fácil. Te lo voy a intentar explicar de otra manera ―miró a su alrededor hasta que su vista quedó fija en la tostada que tenía en la mano―. Pongamos que te has comido tres tostadas de mermelada. Bueno, pues ahora imagínate que decides variar un poco y te tomas una tostada con mantequilla y jamón de york.

― Sabes que soy más de salado ―dijo riéndose.

― Sí —hizo una pausa— Te terminas tu tostada de jamón de york y vuelves a tomarte otra con mermelada. Ahora la notas mucho más dulce debido al contraste que hay entre el salado y el dulce. ¿Entiendes? Una misma tostada te va a saber mucho más dulce si has tomado antes algo salado que si has tomado antes algo dulce.

― Sí, claro.

― Pues ahora seguro que entiendes la frase de antes: si todo fuera bello, nada lo sería.

― Vamos, que dices que sin cosas feas no habría cosas bellas.

― ¡Si! La belleza de la chacona está en el contraste que se da entre esta y el resto de la realidad. Esto se puede aplicar a casi cualquier concepto humano. En Un mundo feliz, Huxley expone una sociedad organizada de manera que la felicidad sea una constante. Eso lo consigue, entre otras cosas, eliminando para los habitantes de su mundo la posibilidad de estar solos, leer y reflexionar. Creo que en esa sociedad se puede tener un sentimiento agradable que acompaña a la vida, pero no se puede ser feliz. La felicidad que aporta el crecimiento personal, que siempre viene acompañado de infelicidad, no se puede sustituir por nada.

― También por eso se dice eso de que no te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes.

― Es una forma sencilla de explicar el adormilamiento producido por la costumbre, sí. La belleza nace del contraste entre esta y la fealdad, al igual que la felicidad nace del contraste entre la felicidad y la tristeza. Si solo hubiera cosas bellas y solo fuéramos felices, no habría cabida en nuestro pensamiento de que existiesen los conceptos de belleza y felicidad.

― Joder, pero entonces el mundo nunca será justo y bello sin que en él habiten también la injusticia y lo horrible.

― Eso es ―respondió mientras miraba pensativo su tostada de mermelada de mora.

Marcos apuró su té y rompió el silencio:

― Es como la conversación del otro día, ¿te acuerdas? Acabamos reconociendo que las utopías eran necesarias siempre y cuando se tuviese en mente que nunca se llegará a ellas. Lo mismo ocurre con la belleza que describes, no es posible vivir en un mundo completamente bello, pero eso no es motivo para no intentar aportar belleza al mundo, signifique lo que signifique eso.

Se quedaron callados un momento.

― Oye, si lo piensas un momento, es gracioso cómo la mermelada puede ayudarte a destrozar una utopía.

En la habitación contigua, Sara se despertó por el sonido de las risas.

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EL OPTIMISMO

Me sentía cansado, y por mucho que durmiese esa sensación me acompañaba a todas partes. Es cierto que a veces me olvidaba de ella, y hacía deporte o hablaba de gilipolleces sin percibirla. Pero eso no quería decir que no estuviese ahí, dispuesta a inundarme de nuevo en cuanto bajase la guardia.

Siempre era inesperado, aunque la costumbre hiciera poco a poco que las idas y venidas de ese cansancio inútil, que solo servía para traer más cansancio hasta desaparecer, no me alarmasen.

Muchas veces he leído u oído que se supone que cuando describes, es decir, cuando expresas con palabras, una sensación, una forma de pensar, y cosas por el estilo, esta pasa a ser tangible. Incluso llegué a escuchar que “puedes tocarla entonces con tus dedos temblorosos” (sí, ya se lo que estáis pensando, pero no es culpa mía que el toque melodramático en estos temas sea tan habitual).

Burlas aparte, en cierto modo tienen razón. Siempre he sentido que todo lo que no expreso con palabras (me refiero a lo que no puedo ver ni tocar), flota en forma de nube dentro y por encima de mí. Esa nube inexplicable es simplemente eso, inexplicable. Pero casi cualquier cosa, aunque sea mal, se puede explicar.

El cansancio simplemente llegaba, haciendo que todo resultase engorroso de hacer. Absolutamente todo. Cualquier cosa parecía un suplicio, algo que requería demasiado esfuerzo. Esto se remarcaba además con el pensamiento de que incluso si se invirtiese ese esfuerzo, no serviría para nada.

Así, me quedaba quieto mientras el mundo se hacía pedazos a mi alrededor. Y es que si reflexionas un momento sobre el porqué de las cosas, así en general o aplicándolo a algo concreto, la tarea de dinamitar el pensamiento con sentido es demasiado sencilla.

Preguntándote en general, tal vez demasiado, llegas enseguida al sentido de tu vida. De la de todos. ¡Demasiado rápido te quedas sin respuesta! La gran mayoría no ha pensado en su vida sobre por qué vive, por qué se levanta todos los jodidos días para ir al colegio, para ir a trabajar o para ponerse a ver la televisión mientras come patatas fritas. Da lo mismo lo que hagan durante el día, y es que inevitablemente al eliminar el sentido de la vida también se destruye la noción de malgastar el tiempo. ¿Cómo no, si no hay manera de aprovecharlo? Pero no quiero mezclar demasiadas explosiones, volvamos a la del sentido de la vida.

Lo primero que quiero dejar claro es eso, una gran parte de la población ni siquiera se ha planteado para qué vive, lo que me parece un poco triste, o por lo menos, soso. Los que sí han lo han hecho (me da igual si se preguntaron “¿quiénes somos?”, “¿para qué vivimos?” o “¿cuál es el fin de la existencia humana?”) se dividen, simplificando las cosas, entre los que buscan desesperadamente dar una respuesta y los que, desesperados, se rinden y dejan de buscarla, llegando a la conclusión de que no la hay. El cansancio eligió rápidamente por mí (es más cómodo cuando le puedes echar la culpa a algo ajeno a ti, lo sé. Los juicios, a otro).

Los que dan una respuesta la dan o bien de forma equivocada o de forma tan vaga y abierta que no dan una verdadera respuesta. Algunos, por ejemplo, explican que el fin de la vida misma es obtener conocimiento, y no contentos con ello, se emocionan describiendo un conocimiento supremo, casi mágico, a partir del cual podrán llegar a conocer realmente el sentido de la vida. Un asqueroso círculo vicioso.

No voy a pararme mucho en respuestas como “perseguir los sueños”, “ser libre” o “alcanzar el cielo”. Sí que es más interesante la idea de que es “amar al prójimo”, “dar más de lo que recibes”, etc., pero somos demasiado egoístas por naturaleza como para que eso sea cierto, por muy bonito que suene. Un gran grupo se inclina hacia la felicidad, y la convierten en objetivo y fin del ser humano. Y es cierto que es, dentro de lo que cabe, la mejor respuesta de todas, la más humana. Desgraciadamente el mundo no es humano y solo por eso no es demasiado coherente, ya que aunque el problema lo tratemos desde nuestro punto de vista, no me es fácil llegar a la conclusión de que nuestro fin seamos nosotros mismos. Es difícil de creer que hayamos avanzado tanto (evolutivamente hablando) para poder desarrollar una inteligencia solo por un motivo tan egoísta como ser felices. Sentirnos a gusto y bien con nosotros mismos. Desde aquí quiero dejar claro que es mejor que adoptes esta respuesta y dejes de leer estas tonterías. Ya que pasas por aquí (el precioso planeta Tierra), disfruta del viaje hasta que acabe. Dicho queda.

Otros, tal vez también cansados, deciden dejarlo de una vez por todas y decantarse por lo más obvio y lo más desalentador. No hay respuesta que valga. ¿Para qué existe algo? Si de verdad existiese un Dios perfecto, no habría creado esta mierda. Habría dejado todo como estaba, en perfecta armonía. Siendo perfecto, ¿para qué complicarse y crear algo más? El resultado fue, desde luego, un desastre como para haber sido resultado de una entidad divina y omnipotente. Dios nos ama, Dios nos ama… Cuánto daño hace el amor.

Pero quiero aclarar que no odio el mundo. Al contrario, me encanta vivir. Me encantan las imperfecciones presentes aquí (las odio también, pero solo debido a mi amor por este mundo). Sé que esto puede parecer una enorme contradicción, pero creo que quedará un poco más claro más tarde.

Antes de llegar a una bonita conclusión, quiero tratar primero el tema antes mencionado del uso de nuestro tiempo. Es innegable el hecho de que la naturaleza humana está ligada a su concepto del tiempo. La razón nos susurra al oído que no estaremos aquí por siempre, que nos pudriremos en el barro cualquier día de estos. Sin embargo, también es cierto que si nuestro pensamiento consigue destacar (o simplemente nuestros actos, aunque suene menos ideal) por encima de los de alrededor aportando cosas nuevas o recordando las antiguas para aplicarlas a la actualidad, sí que podría decirse que no abandonamos este mundo sin más. Porque es fácil notar que nos suelen influenciar pensamientos de humanos anteriores que ya murieron, y que siguen presentes de algún modo en el mundo mediante su legado.

A esto aspira mucha gente, aunque no por el hecho de que su pensamiento perdurará para que los posteriores hombres (otra vez este humano manejo del paso del tiempo) puedan educarse mediante él, sino porque sienten que de este modo su vida no ha sido vivida sin más. Es decir, por un mero instinto de supervivencia intelectual, egoísta, pero al menos no del todo inútil. Para dar sentido a su vida.

Y no voy a decir que eso no lleve a nada (aunque en realidad sea cierto). Aquí mi tendencia hacia las preguntas destructivas arropa débilmente la idea de que transmitir el conocimiento sí que tiene alguna clase de sentido. No en el panorama general, por supuesto, pero sí que lo tiene para nosotros mismos, creadores y destinatarios de ese conocimiento. Por si no me he explicado bien, no tiene ninguna clase de fin que avancemos como seres humanos ampliando gradualmente nuestro conocimiento, pero no se necesita un objetivo claro para intentar mejorar lo que tan fácilmente es mejorable, como lo es el ser humano. Por decirlo con otras palabras, podemos hacerlo sin más, de gratis.

Y es que así es como somos, tan insignificantes que no poseemos ningún fin, pero a la vez tan grandes, que sabemos aportar sentidos que aunque estén dirigidos de forma egocéntrica a nosotros mismos, nos repetimos una y otra vez hasta que acabamos creyéndonos de forma casi absoluta verdades que no lo son en absoluto, ya que cumplen todos los requisitos para ser considerados opinión, al no basarse en ningún hecho ajeno a nuestras sensaciones más internas, tan subjetivas, tan cambiantes y tan nuestras.

Es obvio que de la destrucción de toda razón de ser deriven muchas corrientes del pensamiento que giran en torno a la sensación de la desesperanza total y del hastío de la vida. Y en parte mi cansancio estuvo causado, o por lo menos impulsado por los sentimientos que lleva consigo ese lado oscuro de vaciar todo nuestro saber de contenido.

Y no es una locura sentirse cansado cuando destruyes conceptos que aunque no signifiquen absolutamente nada para las rocas que pisamos, son fundamentales para la conciencia humana.

La noción de que la moral humana no es algo que vaya ligado a nosotros por el simple hecho de ser humanos, de que es cambiante, despreciada y ninguneada constantemente por los únicos con los que está relacionada; y que la intención de la mayoría de los hombres no esté guiada por una idea de bien (volvemos a los idealistas que intentaban explicar que el fin de la vida humana está ligado al bien, ya sea “ayudando al prójimo” o haciéndolo avanzar, incluyendo mediante el desarrollo de la ciencia o la purificación interna del alma a través de la meditación). Esto puede llegar a destruir los sentimientos humanos más nobles, que apuntan hacia la utopía quedándose por supuesto por el camino (ello no quiere decir que no logren avanzar).

Entramos así en un nuevo y peligroso círculo vicioso, ya que el desánimo que hacen sentir la maldad humana, o la enorme ignorancia que tanto nosotros como los que nos rodean compartimos, nos quita las ganas de intentar cambiar este triste panorama, ¿para qué, no?

Siento rabia cuando observo un poco a los de mi alrededor, incluso a veces cuando me observo a mí mismo. El ser humano es inteligente, sí, pero ¿por qué tiene tanto atractivo la estupidez? Es algo que por mucho que lo intente no me explico, en general nos da exactamente igual si lo que hacemos va en contra de los ideales de bondad que tenemos en nuestra conciencia. Siempre y cuando nos beneficie “hacer la vista gorda”, lo hacemos.

El ser humano no se rige por la razón casi nunca, siempre dejamos que nuestra intuición juzgue y decida por nosotros respecto a qué debemos hacer. No es de extrañar que un discurso político vacío pero que hace uso de demagogias llene de emoción a todo el mundo, mientras que un político (escasean) más o menos razonable, pero sin tanto carisma, no se come un jodido rosco. Así de fácil es, uno nos cae bien y el otro no, y todo lo demás da igual.

Y los intelectuales de la sociedad, esos que dedican su vida, o al menos parte de ella, a hacer avanzar nuestra especie ampliando su conocimiento (o seleccionando y repasando conocimiento de intelectuales anteriores) son en su mayoría unos gilipollas. Unos pedantes elitistas a los que les importa mucho más que lo que dicen sea acogido con un “qué inteligente” o “toma este premio literario”, a decir algo que sea verdaderamente pleno y cierto. No puedo dejar de sentir una admiración brutal por aquellos que de verdad son un ejemplo para los demás. Y no actúan como actúan o dicen lo que dicen para llegar a ser un modelo a seguir, que eso es lo mejor, sino porque han podido descubrir que si te quitas de encima todo el manto de prejuicios y piensas por ti mismo, la vida es bastante simple. Demasiado quizás.

Volviendo al sentimiento de desgana que nos produce la ignorancia y la aparente maldad del ser humano, creo que deberían producir el efecto contrario. Que queden cosas por hacer y mejorar en este mundo debería ser la mayor fuente de inspiración humana (y no se me ocurre otra que se le pueda equiparar). Como ya dije antes, un objetivo que desde el punto de vista práctico es inalcanzable nos sirve de referencia para acercarnos a él lo máximo posible.

Y es aquí cuando quiero explicar el título del texto. No creo que haya un optimismo más puro que aquel que, aún sabiendo que no existe un sentido para el ser humano que no sea inventado por sí mismo, busca la felicidad y la mejora de sí mismo y de los de su alrededor.

Si el mundo fuera una copa, podríamos decir que la razón la vacía, y el optimismo la llena, gota a gota. Brindemos por el optimismo.

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Lleno de clichés

Perdón por no escribir en mucho tiempo. Esta vez os voy a contar una pequeña historia que sucedió en el norte de Inglaterra a principios del siglo XIX.

-¡Sebastian! ¡Venga de inmediato!
El criado se acercó con expresión agria, que intentó cambiar por una sonrisa poco creíble una vez se encontró enfrente del duque y su primo, el señor Greenwood.
-¿Me llamaban? -preguntó cortésmente.
-Por supuesto que le llamabámos. El señor Greenwood y yo nos preguntábamos si se había olvidado del encargo que le hicimos hace media hora. -mientras el duque decía esto, echó varias miradas a su primo, a la vez que levantaba la vista resoplando y negando con la cabeza.
-Estoy en ello, señor. En pocos minutos podrán disfrutarlo. -dijo Sebastian, haciendo como si no hubiese visto los gestos despectivos del duque.
Acto seguido, el criado salió del gran salón, disculpándose e inclinándose.
El salón denotaba riqueza con cada mota de polvo. Estaba iluminado por grandes y alargadas ventanas, en cuyas cortinas blancas se veían complejos bordados de hilos dorados y granates. En el fondo del salón había una estantería con libros muy antiguos, que no parecían haber sido leídos en muchos años, a pesar de que estuviesen muy limpios. Al lado de la estantería se encontraba un escritorio, con muchos documentos oficiales apilados en tres montones, entre los cuales había muchas plumas y varios tinteros desperdigados por la mesa.
Por la sala había repartidas varias sillas de madera de caoba, con tapicería de alta calidad, y en uno de los extremos, junto a la pared contraria a la que ocupaba la estantería, había un sofá en el que estaban sentados los dos nobles, con una mesa baja enfrente, donde reposaban tazas con posos de té. Desde el sofá se podían observar los extensos y cuidados jardines del palacio del duque, en el que jugaban unos niños.
-¿Se lo dije, o no se lo dije? Es horrible lo lento que es Sebastian.
-Sí, la verdad es que creo que se ha distraído. Si no, no me lo explico.
-No le busque explicación, ya se lo digo yo: simplemente es un inútil. ¡Media hora para traernos un té!
Reinó el silencio durante unos instantes.
-Cambiando completamente de tema, el otro día leí algo muy sorprendente en un libro.
-¿Ah, sí? Cuénteme. -exclamó el duque con interés.
-Verá, en el libro a un niño se le ocurre que el mundo, desde su punto de vista, sería mucho mejor si todos fuésemos iguales.
-¿Iguales? Vaya tontería. -soltó con su habitual aire de superioridad.
-Sí, pero no solo eso. Le gustaría que todas las casas fuesen iguales también.
-Ese niño empieza a parecerme muy estúpido. -dijo ya con menos atención, mientras miraba por la ventana.
-Pero el niño explica por qué esto le gustaría. -hizo una pequeña pausa, que, de haber tenido a mano, habría aprovechado para beber un poco de té- Explica que sería genial poder entrar en una casa pensando que es la tuya, aunque no lo sea. Entrar y cenar con unos desconocidos, tratarles como si fueran tu propia familia, y dormir en una cama que no es la tuya. Imagínese. ¿Le haría usted daño a alguien que es igual que su padre y que su hermana?
-Es la cosa más absurda que he oído en mucho tiempo, señor Greenwood. -arqueó las cejas- ¿Donde ha leído este disparate?
-A mí me ha parecido muy original, me sorprendió mucho. Piénselo, todos…
-No le he preguntado eso. -le interrumpió de nuevo.
-Ah, sí, pues en un libro que he encontrado en la antigua biblioteca, se llama Levantad, carpinteros, la viga del tejado.
El duque abrió mucho los ojos.
-¿Qué?
– Lo que ha oído, lo escribió un tal Salin…
-¡Pero este hombre debe de ser imbécil! Salinger estaba diciendo, ¿verdad? -dijo el duque, interrumpiéndole.
-Sí, es el autor del…
Llegado este momento el duque no pudo contenerse más y comenzó a reírse a carcajadas.
-¿Qué ocurre?
-Ni siquiera… El muy tonto… Siglos… -dijo como pudo el duque, ya que la risa no le permitía hablar.
-No entiendo nada. -el señor Greenwood pudo observar perplejo como el duque se caía al suelo y continuaba riéndose.
En este momento entró a la habitación Sebastian, con una bandeja de plata y el té prometido.
-Ya no hace falta… -decía entrecortadamente el duque desde el suelo- ¡Si ya la ha cagado!
-Primo, le ruego que…
El duque, completamente fuera de sí, se retorcía por el suelo. Sin embargo, poco a poco se le fue pasando, hasta que consiguió volver a respirar normalmente.
-Ya me calmo, ya me calmo. -dijo al fin el duque, levantándose lentamente- Dios, como me duele la tripa.
Sebastian seguía de pie, esperando una explicación con la boca abierta.
-¡Ese té! Venga, tengo la boca seca.
Sebastian dejó la bandeja encima de la mesa y se marchó.
-Dígame, ¿acaso recuerda haber comprado ese libro?
-La verdad es que no.
-Por supuesto que no, será… Si quería hablar de ese libro, ¿para qué ambientar la historia en este siglo? -cogiendo la taza de té y echándose azúcar continuó hablando- No se acuerda… Porque le resultaría imposible comprarlo. Ese libro es del siglo XX, y estamos en el año 1806.
-¿Y cómo sabe eso?
-La verdad es que no lo sé, con este imbécil nada tiene sentido.
Miró hacia arriba como buscando algo.
-En fin, de todos modos, un buen escritor ya nos habría descrito, ¿quién se lanza así sin más al diálogo, sin una buena introducción?
El duque se alisó en ese momento su chaqueta, reparando por primera vez en lo arrugada que estaba. Esta era de color verde, a juego con sus pantalones, que eran visibles hasta la rodilla, donde estaban cubiertos por unas medias blancas. El duque era un hombre de unos cuarenta años, que era bien conocido en la zona por ser muy mujeriego.
Su primo, el señor Greenwood, era, en cambio, la sutileza y la corrección en persona. Vestía de forma parecida al duque, pero de color marrón.
-Desde luego, este tío sabe cómo quedar mal, ¡describirnos ahora ha quedado tan patético! -dijo el duque riéndose a su primo, que por fin comprendía la situación y pudo reírse también.
-En realidad lo peor es que no ha investigado mucho sobre la sociedad inglesa de este siglo. -se calmaron un poco- Solo sabe que los ricos toman mucho té y tienen sirvientes. Y la verdad es que llevo cinco tazas de té y estoy harto de pedir más y más, como si no se hiciera otra cosa aquí en Inglaterra.
-¿Cuándo va a terminar con esto el muy idiota?
-Supongo que espera a que pase algo. No ha pasado nada en toda la historia y queda un poco aburrida.
-¡Seguro! -esto originó una nueva oleada de carcajadas, que duraría mucho tiempo.

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Dependencia III

Cuando Félix se quedó solo, avanzó con pesados pasos hacia su escritorio, lo que hizo crujir la madera del suelo, ennegrecida tras el paso del tiempo y la acumulación de desesperanza e ilusiones rotas, junto con el polvo que las arrastraba y que nadie se preocupaba por barrer. Se disponía a sentarse y ya tenía agarrado el respaldo de su silla cuando llamaron a la puerta. Cuatro golpes secos. Extrañado, se dio la vuelta e interrumpió su ritual diario.
«Será Gabriel, que se ha olvidado alguna chorrada» pensó mientras avanzaba lentamente hacia la entrada, esquivando los sagrados pequeños montones desordenados de papeles que entre los dos habían acumulado a lo largo de los años, donde historias agonizaban sin comprender el porqué de su final inacabado.
Para cuando Félix alcanzó, tenía la absoluta certeza de que al otro lado no se encontraba Gabriel. Lo sintió en el aire, e incluso, de alguna forma, lo olió.
-¿Qué desea? -fue lo único que Félix pudo mascullar al abrir la puerta.
– Pero bueno, Félix. ¡Tú, tratándome de usted! Habráse visto tontería semejante. -contestó un hombre bajo, algo gordo y calvo, que iba vestido elegantemente con un traje que hubiera estado de moda si el encuentro se hubiese producido veinte años atrás. Llevaba un sombrero del mismo color que su traje, gris, que se quitó alegremente en forma de saludo cuando vio asomarse al escritor.
-Eh… ¿Le conozco? -preguntó con una sensación de que la respuesta era, a su vez, negativa y afirmativa.
– ¡Ya lo creo que si me conoces! Trátame de tú, no te lo voy a volver a repetir. No soporto que me traten de usted, es tan frío y tan… Además, no me tratabas de usted en tus cartas. -dijo con una sonrisa, como ofreciendo una pista clave para resolver un gran misterio.
La cara de Félix recobró el color que había perdido durante la mañana.
-¡Fermín! Dios, no sé cómo no he podido reconocerte a primera vista. Pasa, pasa.
Pasaron y Félix apartó apresuradamente un poco las cosas que había encima de una silla para poder sentarse.
– Toma asiento. Sí, ahí. -añadió indicandole una silla libre- La verdad es que se me había olvidado que ibas a venir, he tenido una mañana un poco más movida de lo normal. Una larga historia.
-Muy bien, pues aquí estoy. ¿Ahora qué?
-Ahora disfrutamos de este momento maravilloso. Lo he intentado tantas veces… Tantos intentos que no quiero ni pensarlo. Eres el primero que consigue llegar hasta aquí, ¿sabes?
-No me extraña, las indicaciones no eran muy precisas que digamos. -respondió inocentemente Fermín- He tenido que probar en el piso de enfrente antes de dar con el tuyo.
Félix abrió mucho los ojos.
-¿Me estás diciendo que el problema era mi dirección y no…? -no pudo terminar, ya que estalló en carcajadas, doblándose de la risa.
Mientras tanto, Fermín le observaba como quien observa a un extraterrestre, atónito, sin comprender qué es lo que era tan gracioso.
-Muy bueno. -dijo Félix al fin, respirando entrecortadamente- Muy bueno.
-Si has terminado de reírte, yo no he venido aquí a hacer el indio, y me gustaría saber porqué me has mandado esa carta en la que urgentemente me pedías que viniera.
-Muy bien, creo que ahora lo vas a ver todo más claro. -puso un tono de voz más serio- Fermín, no eres real. Al menos, no del todo.
Fermín podría haber estallado en carcajadas, pero los carácteres de este y de Félix eran muy distintos. La reacción de Fermín consistió en poner una cara de asombro, mezclada con una suave mezcla de preocupación.
-Pero, ¿qué dices?, ¿cómo? ¡Está loco! -balbuceó, perplejo.
-Sí, Fermín, no perteneces al mudo real, porque yo mismo te creé. Te contaré toda la historia. Sin anestesia, verás, soy escritor, y hace mucho tiempo me inundó la mente una idea. No podía comer, no podía dormir, ¡tenía que probarlo! ¿El qué? Conseguir que un personaje surcara el mundo de lo fantástico para llegar a nuestro mundo, el real, el gris. Siempre hacía lo mismo, narraba una historia en la que yo mismo mandaba cartas a un personaje. Al principio, cuando este no estaba lo suficientemente definido, respondía sus cartas por él, hasta que poco partes de las cartas se escribían solas. Las escribía mi personaje, en este caso, tú. Finalmente, para que mi personaje respondiese mis cartas solo tenía que dejar la mente en blanco y dejar fluir el bolígrafo sobre el papel, que escribía por si solo una contestación…
– Eso que dices… No puede ser. ¡Está tarado! ¡No puede ser otra cosa! -le interrumpió Fermín, que había escuchado todo este tiempo con la boca abierta- Loco de remate, debería ir a ver a un médico y…
-No me interrumpas, Fermín. Deja de decir estupideces. Sé que es difícil aceptarlo, he vivido lo suficiente en tus zapatos como para comprenderte, saber cómo piensas. Seguiré contándote, ¿por dónde iba? Ah, ya sé, ya sé. Muchas veces he tenido que volver a empezar todo el proceso, a partir de una historia nueva, porque un personaje se independizaba lo suficiente como para mudarse de casa, o dejar que por accidente le atropellase un coche por la calle, o cosas por el estilo. Contigo por fin he conseguido que cobres vida, pero que no seas lo suficientemente independiente de mí como para escaparte entre mis dedos por un mundo que yo mismo he creado. Y mírate, ¡estás aquí, enfrente de mí!
Fermín se hundió en la silla que ocupaba, boqueando en busca de aire. Félix, algo alarmado, se levantó repitiéndole una y otra vez que se encontraría mucho mejor en cuanto le trajera un vaso de agua. Cuando por fin le acercó uno el hombre lo apartó, murmurando de forma casi ininteligible algo parecido a ‘Whijkl‘, lo que Félix dedujo milagrosamente como whisky, que fue conseguido por el escritor de inmediato.
Unos minutos más tarde, y después de dos vasos de whisky acompañados por un cigarrillo, Fermín se empezó a recuperar, mientras Félix le observaba, fumando calladamente.

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Dependencia II

Después de lo ocurrido Félix y Gabriel permanecieron un rato en silencio. Gabriel comenzó a mover inconscientemente su pierna derecha, como en un tic nervioso. Constantemente lo hacía, era extraño, porque tampoco era el típico gesto, ya que Félix, aunque le conociera desde la infancia, no podría decir: “es lo que hace cuando piensa”. No, simplemente era un movimiento que realizaba a veces. Tal vez estaba ligado a algo más, o simplemente era una pequeña acción como todas las que ocurren en el mundo, y que pasan desapercibidas día a día. Pensando estaban los dos, cuando Félix rompió el hielo y con eso paró el movimiento de Gabriel.
– Bueno, tengo una idea de lo que acaba de pasar.
– Yo también, creo que es la misma que la tuya. Cuéntala, tú has hablado primero, al fin y al cabo -al decir esto, se acomodó en el sofá, inclinándose hacia atrás y mirándole con los ojos abiertos.
– Bien, ¿alguna vez has oído hablar de la lucidez que se da en algunos enfermos antes de morir?
– ¡Exacto! Caray… -sonrió- Prométeme que no sabes leer la mente.
– Te lo prometo -respondió devolviéndole la sonrisa- Pues ni más ni menos que eso. Ha sido un caso exagerado, eso sí, no creo que sea siempre tan excesivo.
– Hemos tenido suerte, me ha gustado hablar con él así. Y bueno, luego está lo de la casa. ¿Tú también crees que la casa en realidad no es suya del todo?
– La verdad es que no lo había pensado demasiado. Lee el papel, dudo que sea una herencia seria y sencillita, no sería propio de Hugo.
– Bueno, esto es algo así como su ultimátum -dijo levantándose y cogiendo el papel arrugado que estaba encima de la mesa de madera.
Concentrado y asintiendo a medida que leía, Gabriel huyó del mundo real durante unos instantes.
– ¿Y bien? -Félix le exigió regresar a la habitación tras unos instantes, ya que tenía curiosidad. No era ansioso y sabía tener paciencia, pero este tema le intrigaba en extremo.
– Toma, toma, no quiero reventarte el final y como siga hablando se me escapa -se rió mientras le alcanzaba el papel – Bueno, voy a bajar a comprarle el pan a Sara, ahora vuelvo.
Félix leyó:
Solo pienso y al pensar me doy cuenta de que existo, al existir solo sé que no sé nada, y vuelvo a pensar con pesar. Como vosotros, que existís y os preguntáis qué estaréis leyendo. Bueno, pues si no os habéis sentido como verdaderos hombres de vuestro tiempo, pero observados por una presencia de seres comprensivos y críticos, u os habéis sentido jueces comprensivos de hombres pasados, el experimento no habrá tenido éxito. Con ello, espero que esta carta os ayude, como a Raskolnikov le ayudó que Dostoyevski le hiciese comprender mediante Sonya que estaba equivocado, aunque no lo pareciese.
A usted, juez que vendrá a poner pegas a la herencia, le dedico una frase racional y vacía: Les dejo a Gabriel Fernández y a Félix Larquesa mi casa, en la calle Maravillas, bloque 34, tercera planta, y todo lo que hay dentro de ella. No quiero terminar con ese zurullo, por lo que citaré, esta vez sin esconderlo, a Spinoza:
“Cualquier cosa que sea contraria a la naturaleza lo es también a la razón, y cualquier cosa que sea contraria a la razón es absurda”.
Y con dos frases propias:
“Nadie muere hasta que cae en el olvido”
“El ser humano es estúpido, y solo los menos estúpidos se dan cuenta de ello”
Félix lanzó el papel sobre la mesa y miró a Gabriel, que habló casi atropelladamente.
– No se ha dejado nada, ha mencionado a Sócrates, Descartes, Dostoyevski, Spinoza, ¡si incluso ha citado parte del final de El tragaluz de Buero Vallejo! Perfecto -Gabriel seguía recostado en el sofá, se incorporó un poco y cogió algunas monedas que había encima de la mesa.
– Pero, ¿te has fijado en sus frases finales? Nunca habría imaginado que leyese tanto y que pudiese reflexionar de esa manera. Antes siempre nos hablaba de cosas que veía en la televisión.
– Yo creo que estaba decepcionado con el mundo teórico. Cansado de tantas ideas y que nadie que se atreviera a llevarlas a cabo -se dirigió hacia la puerta- ¿no te ha contado nunca que fue militante de un partido político?
– No. ¿De cuál? -Félix nunca se había interesado por Hugo, y estaba sorprendido de que fuese un hombre completamente desconocido a él.
– La verdad es que no lo sé, solo sé que le decepcionó que no consiguieran nada -abrió la puerta- Ahora vuelvo.
Félix no respondió, ni siquiera se dio la vuelta. Le bastó el sordo ruido de la puerta.

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