El arroz que no es nada

Se está haciendo el arroz.

Hay salsa de tomate con  curry calentándose.

He estado leyendo a Mandela.

Tengo los ojos cansados

y la mente cansada

y quiero dejar de usarla.

Así que respiro hondo

y hago un sonido de mmmm al expirar.

El sonido ocupa mi  mente

y acalla los pensamientos de fondo.

Están ahí, pero no se les oye.

Y pienso de pronto,

tan fuerte que no puedo callarlo,

en el arroz.

Justo a tiempo.

Un poco de rico socarrat no intencionado

en el fondo del cazo.

Y pienso, mientras como,

en que para pensar

que se me está quemando el arroz

necesito el concepto del tiempo

y el concepto del fuego,

y que ambos juntos, combinados,

producen el: “se me va a quemar el arroz”.

Y que yo buscaba el ser

sin poder pensar

sin tiempo

sin fuego

sin conceptos

sin nada entendido ni sabido.

El mar en calma.

El todo

que no es nada.

 

Pero pensé en el arroz y me alegro

pues me ha quedado muy rico.

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Sonrisa de bits iluminados

Hay una chica sonriente
en la pantalla de mi móvil.

No mira a cámara,
pero la sonrisa es tan intensa
que es como si la dirigiese
-a pesar de que va en otra dirección-
al mundo entero.
Incluido el que mira la foto
que soy yo.

Amo a esa chica
y miro la pantalla de móvil
y me hace sonreír
y después de mucho rato
me siento un poco tonto
pero me da igual
porque desde cuándo
estar un poco tonto
con sonrisa amorosa
y de plena gratitud de existencia ajena
en el rostro
fue algo malo.

Tanto he mirado la sonrisa
de la chica que amo
en la pantalla del móvil,
aumentando incluso el brillo
en los ajustes
para verla mejor,
que ahora estoy escribiendo
sobre mí
viendo a esa chica
en mi pantalla del móvil.

Y no sé por qué lo hago
pero me hace revivir el momento
en el que estoy mirando
la pantalla del móvil
feliz por todo
y sobre todo por tu existencia
y que tu existencia se desarrolle
a mi lado.
Y me gusta revivirlo
porque es distinto a vivirlo
y porque se disfruta de otra manera.
Se es más consciente
de lo que se ha hecho
y me doy cuenta
de que hace tiempo
que dejé de ser libre como un lobo solitario
porque dejé de estar solo en el mundo
para estar contigo.
Y no me importa
porque no prefiero
estar solo en el mundo.
Prefiero estar contigo.
Contigo tumbada a mi lado.

Se pasa mejor las noches
con alguien tumbado al lado.

Y agradezco
-reviviendo suelo ser agradecido-
agradezco que el amor sea correspondido
porque me perdería tantas cosas
y lo peor es que me las perdería
sin saber siquiera
que me las estoy perdiendo
y eso sería triste.
Mucho.

Y por eso escribo en una nota del móvil.
Porque lo disfruto.
Gracias por darme momentos tan bellos
que puedo disfrutarlos
escribiendo unas palabras
en una nota del móvil.

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Burgos

No pensaba que fuera a acabar la noche allí. Rodeado de batas blancas y suelos limpios. Y ese olor tan inconfundible a hospital. No es desagradable, pero hay algo en él que no me acaba de gustar.

No había más gente en la sala de espera. Quedaba raro estar en medio de la sala sentado en una silla de ruedas. Pero no me dieron opción. La enfermera de la ambulancia me dijo que tenía dos opciones: entrar al hospital en silla de ruedas o en camilla. Es por si acaso te mueres, que no se les pueda acusar de no tomar precauciones. Dejé que me empujaran por los pasillos mientras miraba callado el hospital vacío. Habría sido raro verlo lleno a las 5 de la mañana. Por lo poco que les escuché decir a los médicos, no era el primero en llegar allí con una ceja partida. Uno de los enfermeros comentó que le parecía vivir un déjà vu y todo.

Mientras me llevaban a la otra sala para ponerme los puntos escuché que había llegado un chico más. Al parecer había pedido el mismo menú sanitario que yo. Pero tampoco estoy seguro. Por los pasillos pensé que ser minusválido debe de ser una putada. Me sentía tonto con alguien empujándome por ahí. Pero supongo que a todo te acostumbras.

Yo creía que dolía más que te cosiesen. Solo es un pinchazo seguido de la extraña sensación de que algo está atravesando tu piel. Cuando terminaron me dieron un papel por si me apetecía denunciar al chaval que me había pegado el puñetazo. No me apetecía ni de lejos. No me gusta nada el organismo al que la mayoría llaman Justicia. El combate verbal entre abogados y fiscales y demás. Repugnante.

De todos modos, no sentía ansias de venganza. Cero. Tampoco había sido para tanto después de todo. Había sido mala suerte que me partiese la ceja, pero qué se le va a hacer.

Una hora después, echándome un porro con Iñaki, pensé en que ojalá le fueran bien las cosas al imbécil que se había peleado conmigo. Después de todo me daba algo de pena. Irradiaba desconfianza, aunque no lo noté hasta que fue demasiado tarde. El alcohol te ciega para bien y para mal. Al menos normalmente es para bien.

Se me hizo imposible volver a casa haciendo autostop desde Burgos. Nadie se paraba. Y eso que fui al sitio donde hice autostop las dos últimas veces que fui con mi amigo Felix desde el norte de España hasta Madrid a dedo. Las dos veces nos dejaron cerca de ese lugar a las afueras del sur de Burgos, en el que una vía de servicio sale hacia la autopista A1. Las últimas dos veces conseguimos que alguien nos llevara directamente desde allí a Madrid. Pero nada. Seguramente fuera cosa del ojo. Se había hinchado bastante y tenía mala pinta, y en el autostop todo depende de la primera impresión. Ese fue el primer momento en el que tuve ganas de cagarme en el hijo de puta de la noche anterior. Me había jodido pero bien eso ponerles buena cara a los conductores.

Después de una hora y media me rendí y tiré el cartón donde había escrito Madrid en mayúsculas con un bolígrafo. Lo había conseguido en un barucho en decadencia cerca de las afueras de Burgos. Era uno de eso bares que me encantan. Era viejo, y se notaba que su época de esplendor ya ha pasado. Ahora solo quedaban dos viejos clientes de toda la vida y los dueños del bar, un matrimonio cansado de currar pero que aguantaba un día más en su precioso barucho. Se notaba que había sido hermoso. Las paredes llevaban azulejos con toques dorados y la madera de la que estaba hecha la tarima y las mesas era buena y oscura. Allí entré ese domingo en el que pensaba que todo iba a estar cerrado, y pude cagar al fin y comer un buen bocadillo de tortilla. Cuando lo estaba terminando fue cuando se me ocurrió preguntar al dueño si me dejaba el cartón y el boli.

Y sí, lo sé, una hora y media es poco para autostop de larga distancia, pero me pudieron las circunstancias. La llamada preocupada de mi padre fue decisiva para que me decidiese a volver a caminar de vuelta al centro de Burgos para cogerme un bus. Me dijo que era un imbécil y en qué coño estaba pensando. Ya sabía lo del ojo. Tardé un poco más de una hora, un poco menos que a la ida porque ya me sabía el camino. Me empezó a doler el talón derecho y no disfruté demasiado del paseo.

Una vez en casa pensé seriamente, después de que tuviera que relatar la historia de cómo recibí el puñetazo unas tres veces, en contarle al resto de la gente que me había chocado con una farola. Pero no lo hice. No me gusta mentir si no es para contar algo absurdo y gracioso.

Mierda. Ahora que lo pienso la historia de la farola daba el perfil de lleno.

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Danza sobre pasados con ticket regalo

Bailo
bailo
y bailo

Bailo sobre alfombras
que compró algún familiar
con el dinero que tenía.
Tenían mucho.
Ya no queda tanto
pero lo suficiente
como para que yo
baile
baile
y baile,
ahora que no están,
pisoteando las lujosas alfombras enormes
con ganas
y saltando
y riéndome
y disfrutando de todo
porque no hay nada
que perturbe.

Sin pensar en
cuánto cuesta la elegante botella
que bebemos
como una medicina para la vida
ni cuánto cuesta nada,
porque me da igual

Me alegro de vivir esta sensación.
No siempre en mi vida será así
y lo sé
y no me importa
y por eso
y con más razón
decido
bailar
bailar
y bailar
al ritmo de altavoces que
no compré
ni sé cuánto cuestan
ni dónde se consiguen
ni nada
pero que suenan de puta madre

Me encanta la vida cuando
no sé qué es vivirla
porque no me lo pregunto

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Un rato en la nada

Quiero que intentes imaginar la nada, pues es allí donde nos encontramos, en ningún sitio. Si se te hace más fácil, piensa en el color negro (ya será algo, pero, ¿a quién le importa?). En el negro más absoluto.

 

Por la negrura caminaba nuestro hombre, en ninguna dirección. Sin embargo, en medio de todo ese lugar inexistente se le apareció, iluminada por una luz que parecía no provenir de ninguna parte, una cabeza flotante. No tenía rasgos definidos, ya que solo poseía una boca y unas orejas. El resto de la cabeza era plano, cubierto por una piel lisa y rosada.

― ¡Eh, tú! ―le dijo la cabeza al joven que caminaba― Acércate.

Su voz era profunda y potente, e inundó la nada como el agua llena un vaso.

― ¿Quién eres? ―le preguntó el joven mientras se aproximaba.

― No tengo nombre, y lo que soy ya lo puedes ver.

― El que no puede ver eres tú, y aun así me has llamado, sabiendo que estaba aquí. ―repuso con tono burlón.

―Te he oído venir.

― ¿Cómo es eso, si no piso nada que pueda hacer ruido?

En efecto, el joven se sostenía sobre la nada, que era lo único que había a excepción de los que mantenían la conversación.

― Si te gusta más puedo decirte que te he sentido. Llámalo como quieras, tu lógica pierde su sentido aquí.

― Claro, lo que tú digas. En fin, ¿para qué me has llamado?

― Te he oído (o sentido, como prefieras) buscándome y he decidido ayudarte a terminar con eso. Si fuera por ti, podríamos habernos tirado toda la eternidad aquí.

― ¿Buscándote? ¿Cómo iba a estar buscándote si acabo de enterarme de que existes?

― Nadie vaga por aquí sin la necesidad de encontrar algo. Y en tu caso, ese algo soy yo.

― Vaya, pues ahora que te he encontrado ya puedo irme, ¿no? ―echó un vistazo a su alrededor― ¿Dónde está la salida?

― No hay salida ni entrada. Y antes de que repliques, ya te lo he dicho, tu lógica no funciona aquí.

― La verdad es que mi lógica queda un poco confundida cuando hablo con una cabeza flotante ―se rió, y después se hizo el silencio― Si estás tan seguro de que te buscaba, sabrás también por qué lo hacía, supongo ―añadió finalmente.

― Supones mal. Existo por la misma razón por la que estás aquí, y eso solo lo puedes saber tú mismo.

El joven dio una vuelta alrededor de la cabeza, pensativo.

― ¿Acaso tenemos que jugar a preguntas y respuestas?

―  No tenemos que hacer nada. Al igual que nada te obliga a vivir, encontrar la respuesta a lo que buscas no es necesario. Sabes perfectamente que, si te quedases por siempre aquí, nadie te echaría en falta más que por un suspiro de tiempo.

― Ya, pero…

― Si estás pensando en tus aportaciones, o como quieras llamarlas, no hace falta que te diga lo irrelevantes e inútiles que son. ―El joven tragó saliva―  No te sientas insultado. Digo esto porque vienes de un mundo en el que por mucho que pensadores como Sócrates, Platón, Aristóteles, Voltaire, Montaigne, Kant o Tolstoi hayan dejado su huella, apesta a mediocridad, debilidad, sentimentalismo ridículo e ignorancia. A esto hay que añadir que la mayoría de lo que quieres transmitir al mundo ya ha sido transmitido. Pero repito, aunque no fuera así, seguiría siendo igual de inútil que todo lo anterior.

― Si fueran tan inútiles como dices, no conocería los nombres de esas personas a las que has nombrado ―dijo el joven, un poco pálido.

― ¡Oh, no niego que esa gente haya marcado el pensamiento humano! ¡No niego que las élites intelectuales de las distintas épocas se hayan deleitado redescubriendo lo que grandes hombres defendieron! Pero no es más que eso, la mayor parte de la humanidad no se ha preocupado más que por la comida, el sueño, la riqueza y el amor.

― ¿Y no es eso más que suficiente? Me parece ridículo lo asquerosamente elitistas que suenan tus palabras, declarando que solo son puros los que se han dedicado a reflexionar sobre la vida de forma teórica. ¿No entiendes que esos grandes hombres han tratado precisamente los temas que según tú solo preocupan a la mediocre gran parte de la población?

― Tal vez sea así, pero mientras ellos reflexionaron sobre su actitud ante el mundo, y sobre qué soluciones se podrían encontrar a los problemas a los que se enfrentaban, el resto no solían prestar atención a lo que les convertía en humanos. Engullían la comida sin saborearla. Dormían, pero no soñaban. Poseían grandes riquezas materiales sin entender por qué por mucho que acumularan estúpidos objetos no conseguían ser ricos. Y no sentían amor humano, sino simple atracción física relacionada con el instinto de reproducción.

― Hablas de ellos como si fueran animales.

― Esos seres humanos son peores que los animales. Actúan como tales, pero además sienten anhelos humanos como la codicia, la ambición y la envidia.

― No, son humanos con toda la imperfección que ello conlleva, es innegable que hay algo que les hace distinguirse de los animales, algo que…

En ese momento, la nada en la que se apoyaba el joven cedió, haciéndole caer hacia arriba. Mientras ascendía, la cabeza flotante le observaba, impasible, con la mirada fría de la razón. Llegó un momento en el que la luz que iluminaba la cabeza se perdió en la negrura. El joven continuó ascendiendo.

Escuchó su caída, ya que el aire de la nada era cortado por su cuerpo, que ascendía a gran velocidad, generando melodías casi perfectas. Por si no podéis imaginaros la escena, pensad en el sonido que se produce cuando movemos rápidamente una vara de madera en nuestro mundo, cortando el aire. Ahora trasladad eso a la nada donde nos encontramos, y asimilad las palabras de la cabeza, aquí vuestra lógica no os sirve para nada.

Las melodías, cuyas notas tomaban la forma de gotas, empaparon como una lluvia al joven, que finalmente terminó de caer.

― ¡Eh, tú! ―le susurró una voz de miel y terciopelo― Acércate.

El joven miró en todas las direcciones, pero no consiguió ver a nadie.

― ¿Dónde estás? ―preguntó a la nada.

― Estoy encima, debajo y al lado de ti.

― ¿Y por qué me pides, entonces, que me acerque?

― Empiezas a comprender que solo entenderás desafiando a tu entendimiento ―se hizo una pausa― Eso está bien, pero aun no entiendes nada.

― Solo entiendo que no te entiendo.

― Ni siquiera eso, eso solo lo intuyes, joven.

― ¿Quién eres?

― Yo no soy.

― ¿Eso es posible?

― ¿Por qué no iba a serlo?

― Esta conversación no va a ninguna parte ―dijo mientras miraba a su alrededor, sin encontrar nada.

No hubo respuesta.

― Me encantaría sacar algo en claro de todo esto ―añadió el joven con un hilo de voz.

― En la negrura solo se emborrona, se destruye y se duda, pero nunca se saca nada en claro.

― ¡Pero yo he venido aquí a eso! No tiene sentido que me sumerja para destruir y dudar sin conseguir ninguna conclusión.

― No he dicho que no se saquen conclusiones en la negra nada, solo digo que nunca son… claras. ―respondió con su melodiosa voz.

El joven recuperó el color y decidió alejarse de la negrura, fundiéndose en ella hasta desaparecer.

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¿Cómo puede la mermelada destrozar una utopía?

Samuel desayunaba cuando Marcos entró en la cocina. La habitación estaba inundada por la clara luz del sol de invierno por la mañana, que se reflejaba en las paredes blancas y las baldosas rojas del suelo. La mesa en la que estaba sentado Samuel también era blanca, al igual que las sillas situadas a su alrededor. Tanto la mesa como la sillas estaban hechas de plástico. Tenían ese típico aire que tienen los muebles de Ikea.

― ¿Qué hay? ―murmuró Marcos bostezando al entrar.

― Nada. Ya lo ves. Desayunando.

Ambos se conocían desde hacía cinco meses. El 28 de septiembre
se vieron por primera vez, cuando el dueño reunió a los tres estudiantes que iban a compartir su piso ese año. El propietario había elegido a los jóvenes cuidadosamente, ya que desconfiaba por regla general de todos sus inquilinos desde que unos universitarios austriacos, que estaban de erasmus, le destrozaron prácticamente todos sus muebles. No pudo obligarles a pagar los daños por un error burocrático en la denuncia.

Los tres nuevos estudiantes se cayeron bien desde el primer momento.

― Sara me despertó ayer ―comentó Marcos mientras calentaba el agua para prepararse un té― ¿A ti no?

― Qué va, sabes que no suelo despertarme por nada del mundo.

― Cierto ―se rió―. Pues tienes una suerte tremenda. Estaba bastante borracha y no paraba de cantar junto con una amiga suya La cucaracha y canciones por el estilo. En fin, ―suspiró― ya sabes cómo es Sara.

― ¿Conoces la Chacona de Bach? ―dijo Samuel, que no había prestado demasiada atención a lo que su amigo le decía mientras él se untaba mantequilla y mermelada en una tostada.

― ¿Cómo? ―se hizo una breve pausa― Pues… sí, ¿no? ¿No es esa pieza para violín que me pusiste superemocionado la semana pasada?

― Sí, esa, esa ―levantó la vista de su tostada y le miró―. Pero, ¿te acuerdas de lo bella que era?

― Sí, claro. La verdad es que me impresionó bastante.

― He estado pensando mientras la escuchaba ayer por la noche.

― Dime, dime ―dijo con un tono que denotaba interés, mientras se sentaba a la mesa con su té recién hecho.

― Me preguntaba ayer por qué todo no es tan bello como la Chacona de Bach. Durante unos instantes, me pareció una absoluta mierda que pudiesen existir cosas que no fueran tan bellas como esa pieza. ¿Por qué no puede ser todo tan bello como ESTO?, me repetía una y otra vez. Hasta que pensé con un poco de claridad y me di cuenta de que, si todo fuese bello, nada lo sería.

― No lo pillo. Explícate un poco.

― Es fácil. Te lo voy a intentar explicar de otra manera ―miró a su alrededor hasta que su vista quedó fija en la tostada que tenía en la mano―. Pongamos que te has comido tres tostadas de mermelada. Bueno, pues ahora imagínate que decides variar un poco y te tomas una tostada con mantequilla y jamón de york.

― Sabes que soy más de salado ―dijo riéndose.

― Sí, —se rio e hizo una pausa— Te terminas tu tostada de jamón de york y vuelves a tomarte otra con mermelada. Ahora la notas mucho más dulce debido al contraste que hay entre el salado y el dulce. ¿Entiendes? Una misma tostada te va a saber mucho más dulce si has tomado antes algo salado que si has tomado antes algo dulce.

― Sí, claro.

― Pues ahora seguro que entiendes la frase de antes: si todo fuera bello, nada lo sería.

― Vamos, que dices que sin cosas feas no habría cosas bellas.

― ¡Si! La belleza de la chacona está en el contraste que se da entre esta y el resto de la realidad. Esto se puede aplicar a casi cualquier concepto humano. En Un mundo feliz, Huxley expone una sociedad organizada de manera que la felicidad sea una constante. Eso lo consigue, entre otras cosas, eliminando para los habitantes de su mundo la posibilidad de estar solos, leer y reflexionar. Creo que en esa sociedad se puede tener un sentimiento agradable que acompaña a la vida, pero no se puede ser feliz. La felicidad que aporta el crecimiento personal, que siempre viene acompañado de infelicidad, no se puede sustituir por nada.

― También por eso se dice eso de que no te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes.

― Es una forma sencilla de explicar el adormilamiento producido por la costumbre, sí. La belleza nace del contraste entre esta y la fealdad, al igual que la felicidad nace del contraste entre la felicidad y la tristeza. Si solo hubiera cosas bellas y solo fuéramos felices, no habría cabida en nuestro pensamiento de que existiesen los conceptos de belleza y felicidad.

― Joder, pero entonces el mundo nunca será justo y bello sin que en él habiten también la injusticia y lo horrible.

― Eso es ―respondió mientras miraba pensativo su tostada de mermelada de mora.

Marcos apuró su té y rompió el silencio:

― Es como la conversación del otro día, ¿te acuerdas? Acabamos reconociendo que las utopías eran necesarias siempre y cuando se tuviese en mente que nunca se llegará a ellas. Lo mismo ocurre con la belleza que describes, no es posible vivir en un mundo completamente bello, pero eso no es motivo para no intentar aportar belleza al mundo, signifique lo que signifique eso.

Se quedaron callados un momento.

― Oye, si lo piensas un momento, es gracioso cómo la mermelada puede ayudarte a destrozar una utopía.

En la habitación contigua, Sara se despertó por el sonido de las risas.

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EL OPTIMISMO

Me sentía cansado, y por mucho que durmiese esa sensación me acompañaba a todas partes. Es cierto que a veces me olvidaba de ella, y hacía deporte o hablaba de gilipolleces sin percibirla. Pero eso no quería decir que no estuviese ahí, dispuesta a inundarme de nuevo en cuanto bajase la guardia.

Siempre era inesperado, aunque la costumbre hiciera poco a poco que las idas y venidas de ese cansancio inútil, que solo servía para traer más cansancio hasta desaparecer, no me alarmasen.

Muchas veces he leído u oído que se supone que cuando describes, es decir, cuando expresas con palabras, una sensación, una forma de pensar, y cosas por el estilo, esta pasa a ser tangible. Incluso llegué a escuchar que “puedes tocarla entonces con tus dedos temblorosos” (sí, ya se lo que estáis pensando, pero no es culpa mía que el toque melodramático en estos temas sea tan habitual).

Burlas aparte, en cierto modo tienen razón. Siempre he sentido que todo lo que no expreso con palabras (me refiero a lo que no puedo ver ni tocar), flota en forma de nube dentro y por encima de mí. Esa nube inexplicable es simplemente eso, inexplicable. Pero casi cualquier cosa, aunque sea mal, se puede explicar.

El cansancio simplemente llegaba, haciendo que todo resultase engorroso de hacer. Absolutamente todo. Cualquier cosa parecía un suplicio, algo que requería demasiado esfuerzo. Esto se remarcaba además con el pensamiento de que incluso si se invirtiese ese esfuerzo, no serviría para nada.

Así, me quedaba quieto mientras el mundo se hacía pedazos a mi alrededor. Y es que si reflexionas un momento sobre el porqué de las cosas, así en general o aplicándolo a algo concreto, la tarea de dinamitar el pensamiento con sentido es demasiado sencilla.

Preguntándote en general, tal vez demasiado, llegas enseguida al sentido de tu vida. De la de todos. ¡Demasiado rápido te quedas sin respuesta! La gran mayoría no ha pensado en su vida sobre por qué vive, por qué se levanta todos los jodidos días para ir al colegio, para ir a trabajar o para ponerse a ver la televisión mientras come patatas fritas. Da lo mismo lo que hagan durante el día, y es que inevitablemente al eliminar el sentido de la vida también se destruye la noción de malgastar el tiempo. ¿Cómo no, si no hay manera de aprovecharlo? Pero no quiero mezclar demasiadas explosiones, volvamos a la del sentido de la vida.

Lo primero que quiero dejar claro es eso, una gran parte de la población ni siquiera se ha planteado para qué vive, lo que me parece un poco triste, o por lo menos, soso. Los que sí han lo han hecho (me da igual si se preguntaron “¿quiénes somos?”, “¿para qué vivimos?” o “¿cuál es el fin de la existencia humana?”) se dividen, simplificando las cosas, entre los que buscan desesperadamente dar una respuesta y los que, desesperados, se rinden y dejan de buscarla, llegando a la conclusión de que no la hay. El cansancio eligió rápidamente por mí (es más cómodo cuando le puedes echar la culpa a algo ajeno a ti, lo sé. Los juicios, a otro).

Los que dan una respuesta la dan o bien de forma equivocada o de forma tan vaga y abierta que no dan una verdadera respuesta. Algunos, por ejemplo, explican que el fin de la vida misma es obtener conocimiento, y no contentos con ello, se emocionan describiendo un conocimiento supremo, casi mágico, a partir del cual podrán llegar a conocer realmente el sentido de la vida. Un asqueroso círculo vicioso.

No voy a pararme mucho en respuestas como “perseguir los sueños”, “ser libre” o “alcanzar el cielo”. Sí que es más interesante la idea de que es “amar al prójimo”, “dar más de lo que recibes”, etc., pero somos demasiado egoístas por naturaleza como para que eso sea cierto, por muy bonito que suene. Un gran grupo se inclina hacia la felicidad, y la convierten en objetivo y fin del ser humano. Y es cierto que es, dentro de lo que cabe, la mejor respuesta de todas, la más humana. Desgraciadamente el mundo no es humano y solo por eso no es demasiado coherente, ya que aunque el problema lo tratemos desde nuestro punto de vista, no me es fácil llegar a la conclusión de que nuestro fin seamos nosotros mismos. Es difícil de creer que hayamos avanzado tanto (evolutivamente hablando) para poder desarrollar una inteligencia solo por un motivo tan egoísta como ser felices. Sentirnos a gusto y bien con nosotros mismos. Desde aquí quiero dejar claro que es mejor que adoptes esta respuesta y dejes de leer estas tonterías. Ya que pasas por aquí (el precioso planeta Tierra), disfruta del viaje hasta que acabe. Dicho queda.

Otros, tal vez también cansados, deciden dejarlo de una vez por todas y decantarse por lo más obvio y lo más desalentador. No hay respuesta que valga. ¿Para qué existe algo? Si de verdad existiese un Dios perfecto, no habría creado esta mierda. Habría dejado todo como estaba, en perfecta armonía. Siendo perfecto, ¿para qué complicarse y crear algo más? El resultado fue, desde luego, un desastre como para haber sido resultado de una entidad divina y omnipotente. Dios nos ama, Dios nos ama… Cuánto daño hace el amor.

Pero quiero aclarar que no odio el mundo. Al contrario, me encanta vivir. Me encantan las imperfecciones presentes aquí (las odio también, pero solo debido a mi amor por este mundo). Sé que esto puede parecer una enorme contradicción, pero creo que quedará un poco más claro más tarde.

Antes de llegar a una bonita conclusión, quiero tratar primero el tema antes mencionado del uso de nuestro tiempo. Es innegable el hecho de que la naturaleza humana está ligada a su concepto del tiempo. La razón nos susurra al oído que no estaremos aquí por siempre, que nos pudriremos en el barro cualquier día de estos. Sin embargo, también es cierto que si nuestro pensamiento consigue destacar (o simplemente nuestros actos, aunque suene menos ideal) por encima de los de alrededor aportando cosas nuevas o recordando las antiguas para aplicarlas a la actualidad, sí que podría decirse que no abandonamos este mundo sin más. Porque es fácil notar que nos suelen influenciar pensamientos de humanos anteriores que ya murieron, y que siguen presentes de algún modo en el mundo mediante su legado.

A esto aspira mucha gente, aunque no por el hecho de que su pensamiento perdurará para que los posteriores hombres (otra vez este humano manejo del paso del tiempo) puedan educarse mediante él, sino porque sienten que de este modo su vida no ha sido vivida sin más. Es decir, por un mero instinto de supervivencia intelectual, egoísta, pero al menos no del todo inútil. Para dar sentido a su vida.

Y no voy a decir que eso no lleve a nada (aunque en realidad sea cierto). Aquí mi tendencia hacia las preguntas destructivas arropa débilmente la idea de que transmitir el conocimiento sí que tiene alguna clase de sentido. No en el panorama general, por supuesto, pero sí que lo tiene para nosotros mismos, creadores y destinatarios de ese conocimiento. Por si no me he explicado bien, no tiene ninguna clase de fin que avancemos como seres humanos ampliando gradualmente nuestro conocimiento, pero no se necesita un objetivo claro para intentar mejorar lo que tan fácilmente es mejorable, como lo es el ser humano. Por decirlo con otras palabras, podemos hacerlo sin más, de gratis.

Y es que así es como somos, tan insignificantes que no poseemos ningún fin, pero a la vez tan grandes, que sabemos aportar sentidos que aunque estén dirigidos de forma egocéntrica a nosotros mismos, nos repetimos una y otra vez hasta que acabamos creyéndonos de forma casi absoluta verdades que no lo son en absoluto, ya que cumplen todos los requisitos para ser considerados opinión, al no basarse en ningún hecho ajeno a nuestras sensaciones más internas, tan subjetivas, tan cambiantes y tan nuestras.

Es obvio que de la destrucción de toda razón de ser deriven muchas corrientes del pensamiento que giran en torno a la sensación de la desesperanza total y del hastío de la vida. Y en parte mi cansancio estuvo causado, o por lo menos impulsado por los sentimientos que lleva consigo ese lado oscuro de vaciar todo nuestro saber de contenido.

Y no es una locura sentirse cansado cuando destruyes conceptos que aunque no signifiquen absolutamente nada para las rocas que pisamos, son fundamentales para la conciencia humana.

La noción de que la moral humana no es algo que vaya ligado a nosotros por el simple hecho de ser humanos, de que es cambiante, despreciada y ninguneada constantemente por los únicos con los que está relacionada; y que la intención de la mayoría de los hombres no esté guiada por una idea de bien (volvemos a los idealistas que intentaban explicar que el fin de la vida humana está ligado al bien, ya sea “ayudando al prójimo” o haciéndolo avanzar, incluyendo mediante el desarrollo de la ciencia o la purificación interna del alma a través de la meditación). Esto puede llegar a destruir los sentimientos humanos más nobles, que apuntan hacia la utopía quedándose por supuesto por el camino (ello no quiere decir que no logren avanzar).

Entramos así en un nuevo y peligroso círculo vicioso, ya que el desánimo que hacen sentir la maldad humana, o la enorme ignorancia que tanto nosotros como los que nos rodean compartimos, nos quita las ganas de intentar cambiar este triste panorama, ¿para qué, no?

Siento rabia cuando observo un poco a los de mi alrededor, incluso a veces cuando me observo a mí mismo. El ser humano es inteligente, sí, pero ¿por qué tiene tanto atractivo la estupidez? Es algo que por mucho que lo intente no me explico, en general nos da exactamente igual si lo que hacemos va en contra de los ideales de bondad que tenemos en nuestra conciencia. Siempre y cuando nos beneficie “hacer la vista gorda”, lo hacemos.

El ser humano no se rige por la razón casi nunca, siempre dejamos que nuestra intuición juzgue y decida por nosotros respecto a qué debemos hacer. No es de extrañar que un discurso político vacío pero que hace uso de demagogias llene de emoción a todo el mundo, mientras que un político (escasean) más o menos razonable, pero sin tanto carisma, no se come un jodido rosco. Así de fácil es, uno nos cae bien y el otro no, y todo lo demás da igual.

Y los intelectuales de la sociedad, esos que dedican su vida, o al menos parte de ella, a hacer avanzar nuestra especie ampliando su conocimiento (o seleccionando y repasando conocimiento de intelectuales anteriores) son en su mayoría unos gilipollas. Unos pedantes elitistas a los que les importa mucho más que lo que dicen sea acogido con un “qué inteligente” o “toma este premio literario”, a decir algo que sea verdaderamente pleno y cierto. No puedo dejar de sentir una admiración brutal por aquellos que de verdad son un ejemplo para los demás. Y no actúan como actúan o dicen lo que dicen para llegar a ser un modelo a seguir, que eso es lo mejor, sino porque han podido descubrir que si te quitas de encima todo el manto de prejuicios y piensas por ti mismo, la vida es bastante simple. Demasiado quizás.

Volviendo al sentimiento de desgana que nos produce la ignorancia y la aparente maldad del ser humano, creo que deberían producir el efecto contrario. Que queden cosas por hacer y mejorar en este mundo debería ser la mayor fuente de inspiración humana (y no se me ocurre otra que se le pueda equiparar). Como ya dije antes, un objetivo que desde el punto de vista práctico es inalcanzable nos sirve de referencia para acercarnos a él lo máximo posible.

Y es aquí cuando quiero explicar el título del texto. No creo que haya un optimismo más puro que aquel que, aún sabiendo que no existe un sentido para el ser humano que no sea inventado por sí mismo, busca la felicidad y la mejora de sí mismo y de los de su alrededor.

Si el mundo fuera una copa, podríamos decir que la razón la vacía, y el optimismo la llena, gota a gota. Brindemos por el optimismo.

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