Lleno de clichés

Perdón por no escribir en mucho tiempo. Esta vez os voy a contar una pequeña historia que sucedió en el norte de Inglaterra a principios del siglo XIX.

-¡Sebastian! ¡Venga de inmediato!
El criado se acercó con expresión agria, que intentó cambiar por una sonrisa poco creíble una vez se encontró enfrente del duque y su primo, el señor Greenwood.
-¿Me llamaban? -preguntó cortésmente.
-Por supuesto que le llamabámos. El señor Greenwood y yo nos preguntábamos si se había olvidado del encargo que le hicimos hace media hora. -mientras el duque decía esto, echó varias miradas a su primo, a la vez que levantaba la vista resoplando y negando con la cabeza.
-Estoy en ello, señor. En pocos minutos podrán disfrutarlo. -dijo Sebastian, haciendo como si no hubiese visto los gestos despectivos del duque.
Acto seguido, el criado salió del gran salón, disculpándose e inclinándose.
El salón denotaba riqueza con cada mota de polvo. Estaba iluminado por grandes y alargadas ventanas, en cuyas cortinas blancas se veían complejos bordados de hilos dorados y granates. En el fondo del salón había una estantería con libros muy antiguos, que no parecían haber sido leídos en muchos años, a pesar de que estuviesen muy limpios. Al lado de la estantería se encontraba un escritorio, con muchos documentos oficiales apilados en tres montones, entre los cuales había muchas plumas y varios tinteros desperdigados por la mesa.
Por la sala había repartidas varias sillas de madera de caoba, con tapicería de alta calidad, y en uno de los extremos, junto a la pared contraria a la que ocupaba la estantería, había un sofá en el que estaban sentados los dos nobles, con una mesa baja enfrente, donde reposaban tazas con posos de té. Desde el sofá se podían observar los extensos y cuidados jardines del palacio del duque, en el que jugaban unos niños.
-¿Se lo dije, o no se lo dije? Es horrible lo lento que es Sebastian.
-Sí, la verdad es que creo que se ha distraído. Si no, no me lo explico.
-No le busque explicación, ya se lo digo yo: simplemente es un inútil. ¡Media hora para traernos un té!
Reinó el silencio durante unos instantes.
-Cambiando completamente de tema, el otro día leí algo muy sorprendente en un libro.
-¿Ah, sí? Cuénteme. -exclamó el duque con interés.
-Verá, en el libro a un niño se le ocurre que el mundo, desde su punto de vista, sería mucho mejor si todos fuésemos iguales.
-¿Iguales? Vaya tontería. -soltó con su habitual aire de superioridad.
-Sí, pero no solo eso. Le gustaría que todas las casas fuesen iguales también.
-Ese niño empieza a parecerme muy estúpido. -dijo ya con menos atención, mientras miraba por la ventana.
-Pero el niño explica por qué esto le gustaría. -hizo una pequeña pausa, que, de haber tenido a mano, habría aprovechado para beber un poco de té- Explica que sería genial poder entrar en una casa pensando que es la tuya, aunque no lo sea. Entrar y cenar con unos desconocidos, tratarles como si fueran tu propia familia, y dormir en una cama que no es la tuya. Imagínese. ¿Le haría usted daño a alguien que es igual que su padre y que su hermana?
-Es la cosa más absurda que he oído en mucho tiempo, señor Greenwood. -arqueó las cejas- ¿Donde ha leído este disparate?
-A mí me ha parecido muy original, me sorprendió mucho. Piénselo, todos…
-No le he preguntado eso. -le interrumpió de nuevo.
-Ah, sí, pues en un libro que he encontrado en la antigua biblioteca, se llama Levantad, carpinteros, la viga del tejado.
El duque abrió mucho los ojos.
-¿Qué?
– Lo que ha oído, lo escribió un tal Salin…
-¡Pero este hombre debe de ser imbécil! Salinger estaba diciendo, ¿verdad? -dijo el duque, interrumpiéndole.
-Sí, es el autor del…
Llegado este momento el duque no pudo contenerse más y comenzó a reírse a carcajadas.
-¿Qué ocurre?
-Ni siquiera… El muy tonto… Siglos… -dijo como pudo el duque, ya que la risa no le permitía hablar.
-No entiendo nada. -el señor Greenwood pudo observar perplejo como el duque se caía al suelo y continuaba riéndose.
En este momento entró a la habitación Sebastian, con una bandeja de plata y el té prometido.
-Ya no hace falta… -decía entrecortadamente el duque desde el suelo- ¡Si ya la ha cagado!
-Primo, le ruego que…
El duque, completamente fuera de sí, se retorcía por el suelo. Sin embargo, poco a poco se le fue pasando, hasta que consiguió volver a respirar normalmente.
-Ya me calmo, ya me calmo. -dijo al fin el duque, levantándose lentamente- Dios, como me duele la tripa.
Sebastian seguía de pie, esperando una explicación con la boca abierta.
-¡Ese té! Venga, tengo la boca seca.
Sebastian dejó la bandeja encima de la mesa y se marchó.
-Dígame, ¿acaso recuerda haber comprado ese libro?
-La verdad es que no.
-Por supuesto que no, será… Si quería hablar de ese libro, ¿para qué ambientar la historia en este siglo? -cogiendo la taza de té y echándose azúcar continuó hablando- No se acuerda… Porque le resultaría imposible comprarlo. Ese libro es del siglo XX, y estamos en el año 1806.
-¿Y cómo sabe eso?
-La verdad es que no lo sé, con este imbécil nada tiene sentido.
Miró hacia arriba como buscando algo.
-En fin, de todos modos, un buen escritor ya nos habría descrito, ¿quién se lanza así sin más al diálogo, sin una buena introducción?
El duque se alisó en ese momento su chaqueta, reparando por primera vez en lo arrugada que estaba. Esta era de color verde, a juego con sus pantalones, que eran visibles hasta la rodilla, donde estaban cubiertos por unas medias blancas. El duque era un hombre de unos cuarenta años, que era bien conocido en la zona por ser muy mujeriego.
Su primo, el señor Greenwood, era, en cambio, la sutileza y la corrección en persona. Vestía de forma parecida al duque, pero de color marrón.
-Desde luego, este tío sabe cómo quedar mal, ¡describirnos ahora ha quedado tan patético! -dijo el duque riéndose a su primo, que por fin comprendía la situación y pudo reírse también.
-En realidad lo peor es que no ha investigado mucho sobre la sociedad inglesa de este siglo. -se calmaron un poco- Solo sabe que los ricos toman mucho té y tienen sirvientes. Y la verdad es que llevo cinco tazas de té y estoy harto de pedir más y más, como si no se hiciera otra cosa aquí en Inglaterra.
-¿Cuándo va a terminar con esto el muy idiota?
-Supongo que espera a que pase algo. No ha pasado nada en toda la historia y queda un poco aburrida.
-¡Seguro! -esto originó una nueva oleada de carcajadas, que duraría mucho tiempo.

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5 respuestas a Lleno de clichés

  1. Wolfdux dijo:

    Enorme, disfruté mucho leyéndolo. Un abrazo enorme.

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  2. Un ingenioso recurso, saludos!

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  3. JulianIrie dijo:

    La verdad es que muy original amigo, me gusta la esquizofrenia colectiva es divertida.

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